La paz…

 

Asustados de su propia obra los señores de la Tierra, piensan ahora en la paz.

Según la prensa burguesa, los gobiernos de los países beligerantes han nombrado comisiones de individuos para que estudien los términos en que podría pactarse la paz con las demás naciones.

Pero no hay que pensar que los gobiernos, al querer la paz, lo hagan movidos por sentimientos de horror provocados por la feroz carnicería, ni que la piedad haya tocado sus corazones. Si los gobiernos quieren la paz es porque ven en los oprimidos síntomas inequívocos de descontento, es porque temen la revolución.

La paz… ¿Qué significado tiene esta palabra para los pobres? ¿Es la libertad? ¿Es la justicia? ¿Es la dicha de vivir?

La paz, la paz burguesa, naturalmente, la paz basada en la sumisión del débil, es la que desean restablecer los gobiernos, puesto que esa paz garantiza al rico el tranquilo disfrute de sus rapiñas. Esa paz, es la paz del esclavo cargado de cadenas, la quietud de los muertos, la paz del cementerio.

Los gobiernos quieren que las cosas vuelvan a quedar en el mismo estado en que se encontraban antes de comenzada la guerra, esto es: la humanidad separada por fronteras; el hombre dominado por el hombre, y todos los males que resultan de una organización social basada en la injusticia.

La vuelta a la paz sólo beneficiará a los que han podido amasar fortunas con el dolor y el sacrificio de los humildes. Esos sí gozarán de la vida; esos sí serán felices; pero no el que pasa media vida sepultado en las entrañas de la tierra extrayendo los metales que han de esclavizarlo, ni él que en el taller o en la fábrica siente filtrarse por todos sus poros la anemia y la tuberculosis.

La paz es una palabra dulce para el que es libre; pero tiene sabores de sarcasmo para él que tiene que alquilar sus brazos para poder vivir.

La paz será una cosa deseable cuando exista la igualdad, porque mientras la desigualdad subsista, la paz será una bendición para el amo y sacrificio y fatiga para el esclavo.

Los pueblos, desangrados y cansados ya de la guerra quieren la paz, y como la paz que ellos establecerían sería nociva a los intereses de la clase capitalista, los gobiernos, ante el fantasma de la Revolución quieren hacer la paz burguesa, antes que los trabajadores cimenten la paz humana, la verdadera paz fundada en la justicia y la libertad; la paz que nacería del simple hecho de haber cesado de existir la fuente de todas las discordias: el principio de la propiedad privada.

La guerra está precipitando la Revolución, y es por esto por lo que el Papa, los reyes y los presidentes quieren terminar la guerra para hacer la paz.

El descontento va en aumento en todos los países del mundo. Una hojeada a la prensa diaria nos convence de que las legiones de la miseria se arremolinan en un ambiente saturado de protesta y de rebeldía. La mansa carne de cañón ya no quiere hincar los dientes en el cuello de los contrarios que no cometieron otro delito que haber nacido fuera de las fronteras patrias. Esto es lo que ocurre en Rusia cuyo pueblo ha comprendido que es estúpido empuñar el fusil para defender intereses que no son suyos, y rehúsa batirse en las trincheras, volviendo sus armas contra sus oficiales, lográndose con esto que ya nadie quiera ser oficial en Rusia.

El pueblo ruso quiere la paz; pero que sea ésta una paz estable, porque la paz que desean los gobiernos será rota tarde o temprano por las mismas ambiciones que la tienen bajo sus plantas desde 1914. El pueblo ruso quiere la paz para siempre, y esa paz sólo puede conseguirse con la abolición del principio de propiedad privada. Sin ese principio inicuo, los pueblos ya no se echarán los unos contra los otros, porque ya no habrá individuos interesados en hacer sus guerras para acrecentar sus fortunas, y todos los pueblos vivirían en paz, en 1a verdadera paz fundada en la igualdad y la justicia.

El Comité de Soldados y Trabajadores de Petrogrado hace suyo el sentimiento popular ruso en contra de la guerra, y el 14 de septiembre último, con una mayoría de 279 votos contra 150, se declara a favor de la abolición de la propiedad privada.

Una guerra civil formidable será el resultado de esta importante declaración, porque la burguesía no ha de querer ceder de buena gana la tierra, los útiles de trabajo y medios de transportación sin oponer antes una feroz resistencia; pero hay que confiar en que el espíritu de sacrificio de que los revolucionarios rusos han dado siempre tan bellos ejemplos a la humanidad, dará al pueblo la energía necesaria para hacer pedazos el yugo origen de todos los males que afligen al ser humano: el principio de la propiedad privada.

Desde luego, la declaración del Comité de Petrogrado ha sido secundada por el Comité de soldados y trabajadores de Moscú que el 20 de septiembre, con una mayoría de 355 votos contra 253, se declaró a favor de la abolición del principio de propiedad privada, y es casi seguro que los comités similares de toda Rusia se pronunciarán en el mismo sentido.

El proletariado español está resuelto a no ir a la guerra, como lo demuestra el sinnúmero de manifiestos circulados por las agrupaciones obreras, siendo el último que tenemos a la vista el del Grupo “Luz Libertaria”, de Jerez de la Frontera, del que entresacamos los siguientes conceptos: “Ya nadie ignora que el objetivo de esa grande hecatombe que asola al mundo, es la adquisición de los grandes mercados del universo; y ¿cómo vamos nosotros los obreros, los desheredados de la riqueza social, los desposeídos del patrimonio universal, a defender a uno de los bandos, cualquiera que éste sea, si tanto unos como otros han de ser siempre los mercaderes que eternamente pretenderán convertir nuestro sudor en la más preciada de sus mercancías? No; no es en las trincheras de ambos bandos donde se ocultan nuestros enemigos; nuestro enemigo común es la burguesía capitalista, puesto que con ella está la explotación, la tiranía y la ley de los privilegios; estas malditas plantas se encuentran en todas partes, en todos los países y nuestra obra de regeneración tiende a exterminarlas.

“Trabajadores: es a nosotros a quienes nos asiste toda la razón, y para su triunfo hemos de responder con nuestra fuerza consciente y con nuestra voluntad entusiasta siempre presta, porque la hora de la lucha inevitable se aproxima.

“Contestemos a la guerra con la revolución.”

La situación es bastante seria en España, como lo declara Alejandro Padilla Bell, ministro de España en México.[1] El cable dice muy poco o nada de la situación en aquel reino; pero lo que sí es cierto es que Alfonso, el pobre sifilítico con corona, ve alzarse puños amenazadores por todas partes, y un justiciero que ahora se encuentra recluido en el famoso castillo de Montjuich, le disparó un balazo que logró penetrar el muslo de la pierna izquierda.[2]

El Káiser no está más seguro en Alemania que su colega Alfonso en España. La oposición del pueblo alemán contra la guerra se intensifica diariamente, y si no fuera por el temor que siente el proletariado alemán de que los Aliados se echasen sobre él al hacer la Revolución, la corona de Guillermo estuviera ya en el mismo lugar en que se encuentra la de Nicolás Romanoff.

En Portugal se declaró la ley marcial el 13 de septiembre con motivo de la huelga general. Todos los establecimientos mercantiles e industriales de Lisboa han sido clausurados, y soldados y paisanos han llegado a las manos.

El pueblo francés quiere la paz. Es incontable el número de personas prisioneras por su oposición a la guerra, y la persecución a los pacifistas no sirve más que para dar pábulo a la indignación popular contra la matanza. La efervescencia antiguerrerista ha llegado a tal grado, que en el seno mismo de la Cámara de Diputados, el diputado Pierre Brizon,[3] hace temblar a sus colegas con este grito evocador de la barricada y la guillotina: “¡Abajo la guerra! ¡Viva la paz!”

La burguesía de la Argentina quiere entrar a la guerra; pero el presidente Irigoyen[4] comprende que la entrada de la nación a la contienda europea, sería una invitación a la Revolución. Una gran inquietud reina en la República; la huelga ha paralizado la vida económica de la nación, y tan tirante es la situación, que el presidente ha proclamado la ley marcial y la más estricta censura impera sobre las noticias que salen del país. El estado de ánimo del pueblo argentino puede medirse por el contenido de la hoja siguiente, que con el título de “¡Madres, al incendio!”, fue circulado por el Comité de Mujeres de Buenos Aires. Dice la hoja: “El clamor de las madres que, con sus niños anémicos, flores secas de los hogares proletarios, salieron de los tenebrosos conventillos, donde el hambre, fantasma aterrador del presente, los devora diariamente, fue aplacado con el pan que acostumbran dar todos los tiranos: el plomo.

“Y es que el pueblo es demasiado sumiso y confiado; y es que el pueblo confía demasiado en las promesas de los crápulas, dejando que sus fuerzas sean absorbidas con proyectos alucinadores, pero que, cual pompas de jabón, al menor soplo de viento desaparecen.

“Madres, hijas, hombres: ¿qué hacéis ante la lapidación del pueblo que recorrió las calles pidiendo solamente una ínfima rebaja en los precios de las subsistencias? No pretenderéis, sin duda, que se repitan los hechos, no queréis tampoco que vuestros hijos se agoten cual flor sin riego en los infectos tugurios. Pues si esto no queréis, tomad el único camino de salvación que existe. ¿Cuál? preguntaréis: la huelga general revolucionaria, apoderándoos del trigo y de todos los elementos necesarios para la vida, que hoy se pudren en los inmensos almacenes construidos por la avaricia de los capitalistas.

“¡A la calle!

“Antes que te baleen, tú que no tienes para comprar pan y no podrás comprar plomo, recurre a un arma harto barata y de resultados positivos: ¡el incendio!

“Todos, pues, hombres y mujeres, a luchar por la conquista del bien y de la libertad: el parlamento de las barricadas.”

Un cablegrama fechado en Roma, Italia, el 20 de septiembre, da una idea de las ansias de paz que animan al pueblo italiano. Dice el cablegrama: “Roma, septiembre 20. — En su campaña contra la actividad socialista en Roma, que cada vez es más intensa, la policía ha recogido aquí panfletos en que se demanda la inmediata terminación de la guerra.

“Se han registrado varios casos últimamente de grupos socialistas que han recrudecido su actividad bogando abiertamente por la revolución en Italia.”

La Revolución Social se aproxima con la prolongación de la guerra, y la Revolución Social quiere decir el derrumbamiento de un sistema que permite que el que vive en la holganza se aproveche del trabajo y del sacrificio de la gente laboriosa. La Revolución Social acabará con toda clase de parásitos que, sin producir nada útil, derrochan el producto del esfuerzo del proletariado. Por eso la temen los gobernantes, por eso la odian los capitalistas, por eso la detestan los clérigos de todas las religiones, y por eso todos los parásitos, desde el Papa hasta el gendarme y el último cagatintas de las oficinas gubernamentales, se queman las cejas estudiando el medio de establecer otra vez la paz de que antes disfrutaban todos ellos, paz que les permitía meter el brazo hasta los codos en los bolsillos de los trabajadores; paz que sostuvieron a dosis de plomo; paz infame que pudo sostenerse por el miedo del calabozo, por el temor de la horca, por el horror del infierno; pero el horror de esta guerra ha superado a todos los otros horrores y la humanidad hasta aquí arrodillada se pone en pie y se dispone a hacer su paz, la paz humana distinta de la que hicieron los gobiernos.

El Papa ve la ruina de los privilegios si la Revolución estalla en todo el mundo, y por medio de su secretario, el cardenal Gasparri, lanza este grito de angustia ante la catástrofe que levanta la formidable cabeza en el horizonte cerrado por vapores de sangre: “Es evidente —dice Gasparri— de que en la conflagración actual ya no se trata de quién será el vencedor ni quién el vencido. Es ocioso hablar de un éxito militar absoluto, cuando ningún grupo de beligerantes parece apto de alcanzarlo sobre el otro. Lo urgente es, pues, encontrar una solución equitativa que satisfaga al pueblo de los bandos contendientes, con la mira de evitar catástrofes más graves de carácter social y económico”.

En los Estados Unidos, la situación empeora en todos sentidos, traduciéndose el descontento y el malestar de las masas populares en huelga, en motines, y, también, en resistencia armada al gobierno. No existe la libertad de pensamiento en ninguna de sus formas; el derecho de reunión ha quedado proscripto; mil mercenarios escuchan detrás de las puertas para sorprender la palabra irrespetuosa o la frase subversiva o el hilo de alguna conspiración; los presidios están repletos de hombres y de mujeres que, de alguna manera, han mostrado su inconformidad con el régimen imperante; el doctor Francia[5] ha resucitado en los dominios del Tío Samuel; el gaucho Rosas[6] llena el Capitolio; el espía reina, el soplón medra, el delator no se oculta para contar las treinta monedas del crimen, el carcelero es personaje, el verdugo es pontífice.

La lista de los periódicos suprimidos es interminable ya; los mítines son disueltos por rufianes de estrella al pecho; la plebe de levita, la canalla dorada amenaza, empluma y lyncha a los que no están conformes con la tiranía.

La mano de hierro de Porfirio Díaz no fue resquebrajada por el ciclón de 1910; el látigo de Nicolás Romanoff no quedó reducido a cenizas en Petrogrado: mano y látigo se encuentran aquí, en la libre América proyectando su sombra sobre los mortecinos destellos de una libertad que agoniza.

El hambre arrecia; la tiranía se extralimita; los sátrapas orientales son niños de teta al lado de los déspotas de Wall Street.

El gobernador Lowden,[7] del Estado de Illinois, destacó soldados armados para suprimir un mitin de pacifistas en Chicago. Al recibirse la noticia de la acción del gobernador, se produjo gran excitación entre los concurrentes al mitin, y S. Gloverman, dirigiéndose a la asamblea, dijo: “¿Permitiremos, sin resistencia, que nuestras libertades nos sean arrebatadas? Resistamos hasta que la última gota de nuestra sangre haya salido de nuestras arterias.

“Sólo podemos triunfar por medio de una revolución, de una revolución armada. La revolución nos libertará. No hay otro remedio. De mí sé decir que resistiré con todas mis fuerzas.”

Estas palabras, según el Times del 3 de septiembre, provocaron gran entusiasmo en el auditorio, a tal grado que —palabras textuales—: “los hombres se pusieron de pie sobre las sillas, agitaron su sombrero y gritaron: ¡rebelión, rebelión! ¡Abajo el gobierno! ¡Abajo Lowden!”

Las palabras de Gloverman, dichas en tiempos normales, por ejemplo en 1914, cuando los ciudadanos de este país soñaban cada uno llegar a ser un Rockefeller o un Morgan, podrían ser tomadas como un caso de indignación individual, sin trascendencia, sin importancia; pero en los momentos actuales de intenso malestar económico y político, esas palabras son significativas, pues ellas revelan la manifestación de un estado de ánimo general.

Esta opinión es corroborada plenamente por las palabras que usó el Comité Militar del Senado, al dictaminar en contra de una proposición hecha por el senador Hardwick,[8] quien pretende que la ley del servicio militar obligatorio debería ser modificada en el sentido que solamente fueran enviados a pelear en el extranjero los conscriptos que dieran su consentimiento de hacer tal servicio. El dictamen del Comité dice en su parte relativa: “La situación que crea este espíritu de oposición a la ley del servicio militar obligatorio, es seria, y si a ella se agrega el malestar reinante entre la población civil nacido de las condiciones comerciales e industriales… queda nuestro país colocado en una situación de extremo peligro…”

El espíritu de rebeldía se robustece debido a las circunstancias económicas, políticas y sociales que prevalecen en todo el país. Los obreros organizados de la American Federation of Labor se distinguían antes por su respeto al gobierno y a Gompers,[9] el presidente de la organización. Pues bien, contra la voluntad de Gompers y retardando con su acción la construcción de barcos del gobierno, los trabajadores del hierro se han declarado en huelga en San Francisco[10] y, según el Times —palabras textuales—, “cuando se menciona a los huelguistas los contratos del gobierno responden: ‘el Gobierno puede ir al infierno’”.

El Ministro de Gobernación, Franklin K. Lane,[11] en un discurso pronunciado ante la convención de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, celebrada en Atlantic City, N. J., dijo estas palabras: “El peor peligro que tenemos enfrente es el descontento en el país”.

El senador La Follette, al criticar ante el Senado la política de no gravar con contribuciones extraordinarias a los que se están enriqueciendo con la guerra europea, dijo: “Esta política financiera producirá el desastre de nuestras fuerzas militares en el exterior y la indignación del pueblo en el interior”.

El signo más claro del descontento es la conspiración. Cuando el hombre se decide a rendir la vida en la barricada, es que lo rodea una condición insoportable. El pueblo americano es un pueblo naturalmente pacífico. Teniendo huevos y jamón para el desayuno; una tajada de pan con melaza para el medio día, un plato de carne con coles para la cena, y unos centavos que depositar en el banco, está contento. Respeta al gobierno, obedece la ley, asiste al culto religioso. Su ideal es hacer dinero, aunque para ello tenga que amarrarse la tripa. Para los gobernantes, los clérigos y los burgueses, este es un pueblo ideal, el manso rebaño respetuoso, obediente, sumiso, incapaz de erguirse, inepto para la revuelta y el motín. Y así habría continuado siendo este pueblo, si el azote de la guerra no lo hubiera sacudido.

Viene la guerra, y la miseria se hace sentir punzante; viene la guerra, y obliga a los varones a tomar el fusil para la defensa de intereses pecuniarios; viene la guerra, y se pone una mordaza en cada boca y se abren de par en par las puertas de los presidios para internar en ellos a los descontentos. ¿Qué tendrá que resultar de una situación semejante? ¡La conspiración! El acto primero de la tragedia que se llama Revolución.

Es frecuente ver en la prensa diaria noticias como esta que traducimos del Times, del 6 de septiembre. “Ringling, Okla., septiembre 5. — De veintisiete hombres acusados de conspiración contra el gobierno, dieciséis fueron arrestados en la parte sur del condado de Jefferson. La última noche e internados en la cárcel del condado en Waurika. Según la declaración de uno de los arrestados, los hombres se habían organizado con el propósito de resistir la conscripción, y habrían acordado iniciar una destrucción sistemática de la propiedad a contar desde la última noche”.

Todo esto indica que la Revolución se aproxima en todos los países del mundo, Revolución precipitada por la codicia burguesa y la tiranía gubernamental.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 260, 6 de octubre de 1917.

 



[1] Alejandro Padilla Bell. Diplomático español. Encargado de la legación española en México a partir del 4 de julio de 1916. Tuvo muy buenas relaciones con Venustiano Carranza, pese a lo cual desaprobó la Constitución de 1917 y recomendó no reconocer su gobierno. Dejó el cargo en septiembre de 1917.

[2] No existe otra referencia a dicho atentado.

[3] Pierre Brizon. Francés. Diputado socialista de 1910 a 1919. Pacifista, se opuso a la Primera Guerra Mundial. Participó en el Congreso de la Internacional Socialista de 1916.

[4] Hipólito Yrigoyen (1852–1933). Formó parte de la Unión Cívica Radical y el primer presidente electo mediante sufragio universal (masculino) en Argentina, ocupó la presidencia de 1916 a 1922 y de 1928 a 1930.

[5] Refiérese a José Gaspar Rodríguez de Francia (1766 – 1840). Conocido como Doctor Francia, dirigió el movimiento de independencia de Paraguay. Gobernó este país durante 26 años (de 1814 a 1840) por medio de un régimen dictatorial.

[6] Refiérese a Juan Manuel de Rosas (1793-1877). Militar y político argentino. Protagonista de la revolución de 1828, tras la cual asumió el mando de la Provincia de Buenos Aires. A partir de 1830 gobernó con facultades extraordinarias. Derrocado por un amplio y diverso movimiento opositor, en 1852 se exilió en Inglaterra protegido por sus autoridades. Murió en el exilio.

[7] Frank Orren Lowden (1861-1943), miembro del Partido Republicano y gobernador de Illinois de 1917 a 1921.

[8] Refiérese a Thomas W. Hardwick, político que ocupó varios cargos en Georgia, tales como fiscal de 1895 a 1897, integrante de la Cámara de Representantes de 1898 a 1902 y senador en 1914. Impulsor de una ley de inmigración en 1903.

[9] Refiérese a Samuel Gompers (1850-1924). Fundador y dirigente histórico de la American Federation of Labor (AFL), de 1908 a 1920. Simpatizó y apoyó las campañas en favor de los liberales mexicanos perseguidos en Estados Unidos. A partir de marzo de 1911, brindó su apoyo a Francisco I. Madero y posteriormente a Venustiano Carranza. Pugnó por el acercamiento de la COM y la AFL que dio por resultado la Federación Panamericana del Trabajo, en noviembre de 1918. En enero de 1921 visitó la ciudad de México para asistir a una conferencia de dicha federación.

[10] Refiérese a la huelga promovida por la San Francisco’s Union Iron Works, al oponerse a su filiación forzada a la American Federation of Labor.

[11] Franklin Knight Lane (1864 – 1921). Demócrata. Contendió por el gobierno de California en 1902. De 1913 a 1920 estuvo a cargo de la Secretaria del Interior de Estados Unidos. Después fue comisionado de la Comisión Interestatal de Comercio; promovió la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.