Los primeros triunfos

 

El pesimista está derrotado. Aquel que creía irregenerable a esta vieja humanidad que parecía incapacitada para el bienestar y la libertad, admite ya que no en vano corre el tiempo, y que la experiencia, esa amable maestra, por más que las más de las veces sea cruel, ha fortalecido el cerebro de las masas y lo ha hecho pensar.

El pueblo, mejor dicho los pueblos, porque todos los pueblos de la tierra sienten y piensan de manera idéntica, en este momento de universal conmoción, se dan cuenta de los males que los afligen y echan a andar por el nuevo camino descubierto por la experiencia de la historia y la luz de la ciencia. Es un camino largo, cuya etapa principal se llama Anarquía, y adonde, quiérase o no se quiera, se encaminan los acontecimientos.

¿Qué es ese desconocimiento del papel histórico de los gobiernos, de regular la vida doméstica e internacional de los pueblos de que están dando muestras los huelguistas de Berlín y los rebeldes de Viena, los bolsheviki de Rusia y los obreros de Inglaterra, los antimilitaristas de Australia y los zapatistas de México?

Por grandes que sean nuestras ansias de ver derrumbarse de una vez este maldito edificio burgués, que a todos nos hace desgraciados, no podemos menos que congratularnos de los inmensos progresos que va marcando la evolución de los pueblos, gracias al sufrimiento, en virtud del castigo. Látigo necesitaban nuestros lomos de paquidermo para hacernos sentir nuestra humillación, y látigo y espuela estamos sintiendo. Sin el castigo, los pueblos no caminarían, no se encabritarían, no tendrían el valor de dar de vez en cuando una coz para derribar una corona y adquirir la piltrafa de un derecho.

Los pueblos comulgan con la psicología de la bestia: se conforman con comer y reproducirse. Tenga el pueblo un mendrugo y la bestia un puñado de paja, y pueblo y bestia se sentirán contentos; pero si el acicate hiere los ijares o la tiranía se extrema, pueblo y bestia se encabritan y libran sus lomos del jinete molesto, y de Díaz o Nicolás, de Huerta o de Kerensky. Por eso somos partidarios de los tiranos que a sí mismos se dan el título de “mano de hierro”. Nada mejor para abrir las puertas de la libertad que los tiranos que tienen “mano de hierro”. Los tiranos de manos suaves prolongan la esclavitud.

Los pueblos cansados, colmados, buscan su libertad, y todo estudiante atento de los acontecimientos diarios que se producen en todo el mundo, oye rechinar los goznes de las rejas que aprisionaban a los pueblos: en las trincheras se canta “La Internacional”, el viejo himno de Reclus[1] y Kropotkine, de Lorenzo y Bakounine. La rebeldía forza sus dedos en las disciplinadas falanges teutonas, como en las patrióticas huestes británicas. Es que el hombre, como la masa, es producto del ambiente, y en el ambiente no se respira más que este soplo: ¡rebelión!

Las clases directoras no deben quejarse de nadie más que de ellas, por los estupendos acontecimientos que se suceden en todo el mundo. El zapatista que sólo trabaja dos horas escasas para gozar de todas las comodidades que apetece un ser sano; el bolsheviki que cierra las puertas a la diplomacia histórica y despliega al viento su bandera de muerte para la propiedad privada; el obrero alemán que dice al Káiser: no trabajo mientras no se haga la paz; el obrero austriaco que escribe con su sangre en las calles de Viena estas palabras: ¡pan y libertad, el proletario inglés que en la bruma de Londres, o en medio del estruendo de Glasgow dice a sus amos: no más anexiones ni más indemnizaciones como costo de la guerra, y el descontento y la protesta de todos los pueblos de la Tierra no obran por su propio impulso, sino impulsados por la fuerza de las circunstancias porque a ello los han obligado la rapacidad del rico, la tiranía del gobernante y la hipocresía del ministro religioso.

Todos esos pueblos seguirían siendo mansas ovejas si a nuestros amos no se les hubiera ocurrido la más estúpida de las aventuras: la guerra europea, o hubieran acariciado los lomos de sus súbditos, en vez de exasperarlos con la explotación y la tiranía.

Los pueblos quieren la paz por sí mismos. Ya no se conforman con que diplomáticos de levita arreglen las relaciones de los pueblos entre sí, sino que ellos quieren ser parte principal cuando no absoluta, de sus propios destinos, y este paso adelante, este brinco mejor dicho, marca por sí solo una etapa en el desenvolvimiento de las asociaciones humanas. Por todo lo dicho titulamos este artículo: “Los primeros triunfos”, y auguramos, nos atrevemos a hacerlo, que los acontecimientos actuales y cien mil detalles de la manera de vivir de los pueblos arrojan a la humanidad hacia el amplio camino de la Anarquía, hacia la existencia de sociedades humanas que se rijan sin burgueses, sin gobernantes y sin ministros religiosos.

He aquí, hermanos proletarios, un ligerísimo resumen de los acontecimientos mundiales, de aquellos que indican con su sangre y con sacrificio las aspiraciones de los que sufren, de los que trabajan y de los que piensan.

Cada día obtiene un nuevo triunfo el espíritu progresivo de la especie humana sobre la vieja teoría de que los gobiernos son útiles a la humanidad; sobre la creencia de que el capitalismo es indispensable para el desarrollo y el progreso de los pueblos; sobre la creencia de que las religiones propagan la paz y la fraternidad entre los seres humanos.

Los gobiernos y los capitalistas hacen las guerras, empujan a los trabajadores de los distintos pueblos a exterminarse los unos a los otros, para el provecho personal de un reducido número de parásitos, y los ministros de las religiones abren de antemano las puertas del cielo a aquellos que con mejor éxito abran el vientre de sus hermanos de cadenas.

Hermanos: el día de la fraternidad universal está cerca, y estará más cercano si todos procuramos, de alguna manera, dar vida a la prensa que nos dice la verdad. No seamos tacaños, y así como unos ponemos en peligro nuestra tranquilidad y comprometemos sin regateos nuestra libertad, que los demás abran los bolsillos para sostener en pie las hojas valientes, como Regeneración, que no miden el peligro y que desafía las iras del enemigo.

¡Viva Tierra y Libertad!

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 261, 9 de febrero de 1918.



[1] Refiérese a Eliseo Reclus. Geógrafo y anarquista. Amigo tanto de Miguel Bakunin como de Pedro Kropotkin, tomó parte junto con su hermano Elie (1827-1904) en la Comuna de París de 1871. Fue uno de los más respetados teóricos y escritores anarquistas. Escribió prefacios a Dios y el Estado de Bakunin (junto con el anarquista italiano Carlo Cafiero) y Palabras de un Rebelde y La conquista del pan de Kropotkin, para los que sugirió el título. Sus panfletos Evolución y revolución (1880) y Un anarquista habla sobre la Anarquía (1884) fueron traducidos a muchos lenguas. Geógrafo de renombre internacional, publicó entre otros trabajos los 19 volúmenes de su Nueva geografía universal (1876-1914) y sus seis volúmenes de El Hombre y la tierra (1905-1908).