Al borde del abismo

 

La burguesía se encuentra al borde del abismo, de un abismo ahondado con sus uñas rapaces, de un abismo ahondado todavía más a dentelladas de jabalí furioso.

La burguesía se encuentra al borde de un abismo, de un abismo profundo y negro abierto en siglos y siglos de opresión y de crimen.

La burguesía resbala hacia ese abismo en un suelo saturado de sangre y lágrimas, sangre y lágrimas que su crueldad ha hecho derramar.

En vano intenta afirmar su planta en un suelo hostil a la tiranía y fija la mirada en el horizonte oscuro con la esperanza de descubrir la mano nervuda que ha de impedir su irremediable caída.

No hay ancla de salvación en perspectiva, no hay una brizna de yerba a la cual asirse, no hay un hierro candente al alcance de la mano.

El derrumbamiento es fatal: un soplo airado, que es como el aliento colérico de toda una humanidad que sufre, la empuja a las tinieblas del abismo, del abismo profundo y negro abierto en siglos y siglos de opresión y crimen.

Es el soplo inexorable de las masas proletarias cansadas del yugo, ahítas de amargura, rebosantes de odio.

Es el soplo formidable de las oscuras falanges de la miseria, el aliento cálido de los desheredados que se resuelven ya a enarbolar sus andrajos como bandera de reivindicación y de represalia, como estandarte de justicia y de venganza.

La burguesía tiembla bajo un cielo en que se van apagando todos los soles de que le brindaban calor y le daban vida: Díaz desapareció; Nicolás, se desvaneció en las tinieblas; Huerta, se eclipsó; Kerensky es un astro errante y sin brillo; Carranza, se opaca; Wilson, pierde su lustre; Menocal,[1] enlodado, chorrea fango; Alfonso, pierde el equilibrio, y para sostenerse siquiera por un instante, comete la estupidez de apoyar el pie en el cuelo proletario; Irigoyen, se hunde; Guillermo, condenado por la conciencia humana, bate furiosamente las alas en el lodo como un buitre herido.

¡Los soles se opacan! ¡Los soles se mueren!

En la noche cerrada, Poincaré parpadea como la luz de una linterna de ventorro, y Eduardo apenas brilla como la luz amarillenta de una cerilla.

Esta gran tragedia bien podría tener por título, La muerte de los Dioses[2] o El Crepúsculo de los Ídolos.[3]

¡Y qué muerte y qué crepúsculo tan sin gloria y tan sin brillo!

Ya en el borde del abismo, la burguesía quiere jugar su última carta; no se resigna a morir; no pude renunciar a sus placeres y a sus privilegios sacados del sudor y de las lágrimas del pobre, sin dar las últimas dentelladas y los postreros zarpazos.

Y los zarpazos y las dentelladas se dirigen hoy contra Rusia, y un sol enorme, el Japón, se precipita a gran prisa sobre Siberia, con la esperanza de sofocar con su mole el incendio revolucionario, cuyo calor desentumece los miembros ateridos del proletariado universal.

Al calor de esa lumbre cobran ánimo los tímidos y los fuertes aspiran a pulmones amplios el ambiente saturado de rebeldía, señalando a las masas medrosas el resplandor que de Rusia se extiende por el orbe entero.

El terreno está abonado para la nueva cosecha: la emancipación proletaria.

El reinado de la burguesía está por terminar.

Nadie la ha matado: ¡se ha suicidado!

Un piadoso puntapié y desaparecerá en las tinieblas de su propia obra.

 

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 262, 16 de marzo de 1918.



[1] Refiérese a Mario García Menocal (1866-1941). Cubano. Ingeniero graduado en la Universidad de Cornell, Nueva York. Político conservador. En 1899 fue jefe de la policía de La Habana durante la intervención estadounidense. Ocupó la presidencia de la isla de 1913 a 1921, fracasó en el intento de reelegirse en 1924. Fraguó un golpe de estado fallido en 1931. Tras un periodo de exilio en los Estados Unidos, regresó a Cuba en 1940 al amparo del futuro dictador Fulgencio Batista, quien iniciaba en ese año su primer periodo presidencial.

[2] Refiérese al libro de Dimitri Merejkowsky, La muerte de los Dioses (1895).

[3] Refiérese al libro de Federico Nietzsche, El Crepúsculo de los Ídolos (1889).