Solidaridad

Ante el espectáculo de la guerra bestial de todos contra todos que se inició con la aparición del primer propietario sobre la tierra y se ha prolongado hasta nuestros días, produciendo como lógico resultado la división de la humanidad en dos clases, una de opresores y otra de oprimidos, de señores una y de esclavos la otra; ante el espectáculo de esa lucha que hace completamente extraño a un hombre de otro hombre, y a los hombres de una nación enemigos al parecer naturales de los hombres de otras naciones;  ante el espectáculo de esa guerra que parece eterna cabe preguntar ¿ha progresado el hombre?

El progreso material alcanzado por la humanidad es enorme, es gigantesco si se le compara con su progreso moral, pues mientras todos admiramos el fonógrafo, el cinematógrafo, la telegrafía inalámbrica y la navegación aérea, las más generosas concepciones de los filósofos, aquellas que, puestas en práctica, abrirían amplios horizontes para gozar libremente la dicha de vivir, se asfixian entre las pastas de libros rara vez abiertos y todavía peor, rara vez comprendidos.

No es extraño, pues, que, hoy como ayer, la lucha por la vida revista el mismo carácter de ferocidad, de hostilidad recíproca que hace del hombre, como dijera Hobbes, el lobo del hombre: “homo hominis lupus”. No, no es extraño que el hombre del presente, que sabe manejar la electricidad y que ha encontrado la manera de volar, tenga respecto de los demás hombres el mismo sentimiento de encono que hacía hervir la sangre del troglodita cuando vuelto de la caza encontraba en su vivienda de roca un oso o una hiena listos para disputarle el alojamiento y el sustento. Progresa la humanidad, pero en un sentido solamente.

Por esto, cuando se habla de solidaridad, muy pocos son los que entienden. La solidaridad es el conocimiento del interés común y la acción consecuente con ese conocimiento. A pesar de su sencillez, la solidaridad es desconocida casi por todos. Un egoísmo cada vez más grande domina las relaciones de los hombres entre sí. Protestas aisladas contra tal estado de cosas perecen tan pronto como son formuladas, acalladas por el estrépito mismo de la lucha; espíritus generosos que osan erguirse en medio de los combatientes para predicar la fraternidad, caen hechos pedazos como florecillas puestas al paso de una tropelada de bestias; para cada redentor hay un calvario o un Monjuich[1].

En esta lucha implacable los vencedores son siempre los mismos: los inteligentes y los malvados, con la única diferencia de que ayer justificaban su triunfo como un resultado de la voluntad divina, y hoy, avergoncémonos, justifican sus depredaciones con la Ciencia. La teoría de Darwin sobre la selección, que explica cómo los individuos mejor dotados para la lucha por la vida son los que triunfan, es el razonamiento que esgrimen los ricos y los déspotas contra los que tratan de poner en duda el derecho que se apropian para explotar y oprimir, aunque olvidando decir, porque así les conviene, que los animales de una misma especie no se destruyen unos a los otros, ni se declaran unos los amos de los otros. La lucha de las especies va dirigida contra otras especies, a la vez que se opera un proceso de adaptación al medio. Sólo la especie humana ofrece el repugnante espectáculo de devorarse unos individuos a los otros, produciendo con eso un retardo evidente del progreso, cuando por la solidaridad hace muchos miles de años que habría esclavizado a la naturaleza y obtenido su progreso integral.

El desconocimiento del interés común a todos los hombres, esto es, el desconocimiento de la solidaridad, hace que cada hombre vea en otro hombre a un competidor al que es necesario vencer para poder vivir. El rico vive del pobre; pero a su vez teme a los demás ricos que puedan arruinarle para enriquecerse más. El pobre, por su parte, ve en cada recién nacido una boca más que va a mermar la porción de pan que le permite comer el rico, y, en cada pobre un enemigo que puede alquilarse por menos precio y dejar sin pan a él y a su familia.

Esta lucha implacable que tiene su origen en la falta de solidaridad entre todos los seres humanos, mata en el hombre, o al menos debilita en él, el instinto de sociabilidad característico de las especies animales superiores, a la vez que lo hace mentiroso, falso, cobarde y egoísta. Triunfan, en un medio así, los malvados, los que no son sinceros, los codiciosos y los brutales, y por eso mientras el progreso material es grande, las concepciones filosóficas más bellas viven solamente en las páginas de libros comidos por la polilla en los estantes de las bibliotecas.

Pero en vista de que las clases ilustradas y ricas no entienden la solidaridad o fingen no entenderla, o a lo sumo la practican solamente en lo que concierne al estrecho interés de su clase, sin comprender ni practicar la solidaridad que debería unir a la especie humana en una sola fuerza inteligente y activa que pusiera a la naturaleza al servicio del hombre; en vista de las agresiones de esas clases dominadoras, la clase proletaria debe unirse, debe apretar sus filas para poder librar una decisiva batalla en la que tendrá la victoria por ser la que cuenta mayor número de individuos.

En vez de ver en cada pobre un concurrente molesto, una boca más con la cual hay que compartir las migajas que despreciativamente nos dan los ricos como salario, debemos pensar que es nuestro hermano, debemos hacerle comprender que nuestro interés es el suyo y que en la lucha contra las clases dominadoras debemos estar juntos. ¿Hay una huelga? El interés de todos es ayudar a los que están en huelga. Alquilarse en lugar del huelguista es una traición al interés común de los pobres, porque se ayuda con eso a las clases opresoras a no conceder nada a las clases oprimidas. Alquilarse por menos de lo que gana otro trabajador, es, igualmente, una traición, porque se hace ganar más al rico y se empeora la condición de la clase trabajadora con la rebaja de los salarios. Hay que considerar como un mal que se hace a todos, el mal que se hace a un trabajador.

En la Revolución que se acerca, el trabajador mexicano debe mostrarse solidario. Unido fuertemente a los demás trabajadores podrá dar a la Revolución el giro que desee y que esté de acuerdo con su interés. Toma de posesión de la tierra, aumento de salarios y disminución de las horas de trabajo, junto con la educación, serán las primeras conquistas preparatorias de la gran batalla final que quitará de las manos de unos cuantos lo que se necesita para la producción de la riqueza y su distribución. Pero, hay que entenderlo bien; eso sólo se conseguirá si la Revolución se hace con ese propósito. Mas si desviados los proletarios, hacen la Revolución solamente para darse el lujo de tener un nuevo Presidente, o lo que es lo mismo, un nuevo amo, deben entender que no conseguirán con eso el alivio de la miseria ni el acercamiento al ideal de Libertad, Igualdad y Fraternidad que debe vivir en el corazón de todo hombre y de toda mujer.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 9, octubre 29, 1910.



[1] Refiérese a la prisión militar del castillo de Montjuich, Barcelona. En 1896, a raíz de la explosión de una bomba arrojada al paso de una procesión religiosa en Barcelona, el estado español puso en marcha una campaña represiva contra anarquistas, socialistas, republicanos y librepensadores. Alrededor de 130 detenidos fueron recluidos en la prisión de Montjuich, donde muchos de ellos fueron torturados para obtener confesiones incriminatorias. Cinco de los reos fueron condenados a muerte, y otros veinte a purgar largas penas en prisión. A partir de entonces el castillo de Montjuich se convirtió, en los medios libertarios, en sinónimo de barbarie y represión. Esta imagen se vería reactivada en 1909 con el juicio y el posterior fusilamiento del pedagogo catalán Francisco Ferrer en aquella prisión militar