La repercusión de un linchamiento

La prensa diaria de esta ciudad se ha ocupado, en estos últimos días, de dar cuenta a sus lectores de supuestos ultrajes inferidos a norteamericanos en la ciudad de México, por turbas amotinadas. Los relatos de esa prensa son realmente espeluznantes; pero creemos que hay mucha exageración en ellos.

No es posible negar que en toda la América latina se opera una reacción contra el imperialismo de los Estados Unidos, que, para la vida de aquellos países como naciones autónomas, es una grave amenaza. Un sentimiento de hostilidad, cada vez más marcado, contra la política absorbente del gobierno norteamericano, se nota en aquellos pueblos.

No el pueblo norteamericano, sino la codicia de los grandes millonarios norteamericanos; la sed de oro de la plutocracia de este país ha sido el origen de ese sentimiento que hace lento y difícil el logro de la fraternidad entre los seres humanos que pueblan este Continente, pues mientras los hombres que nos hemos emancipado de los prejuicios de raza trabajamos por crear lazos fraternales entre todos los hombres, los millonarios, los grandes negociantes, los bandidos de las finanzas, procuran con sus actos dividir a los pueblos, abrir abismos entre las diversas razas y las diversas nacionalidades, para, de ese modo, tener seguro su imperio: “divide y reinarás”, dijo Maquiavelo.

Los ataques que han sufrido los pueblos latinos de América han sido motivados por la ambición de los grandes millonarios, que echan mano del patriotismo para ir a ultrajar pueblos que no han cometido otro delito que vivir sobre ricas tierras que han tentado la codicia de los vampiros de Wall Street. ¿Quién no recuerda el ataque a su soberanía sufrido por Colombia? ¿Quién ha olvidado las intrigas de los grandes millonarios de este país contra la independencia de Venezuela? ¿Para quién es un misterio que la política de la Casa Blanca sobre las naciones latinas de este Continente, es una política de absorción, es una política que tiende, además, al sostenimiento de tiranías desenfrenadas como la de Estrada Cabrera en Guatemala y la de Porfirio Díaz en México? ¿Y quién duda ya que dondequiera que aparece un Gobierno que no se somete a la vergonzosa tutela de la plutocracia norteamericana, tarde o temprano se verá comprometido ese Gobierno con revueltas interiores, fraguadas, dirigidas y fomentadas por ricos norteamericanos, siendo los puertos de los Estados Unidos los lugares de donde parten las expediciones filibusteras que van a hacer la guerra en son de revolución contra los Gobiernos de las naciones latinoamericanas que no se pliegan a las exigencias del capitalismo de esta nación? ¿No es público y notorio que la revolución contra el presidente Zelaya[1], de Nicaragua, fue la obra de aventureros norteamericanos, pagados con el oro de Wall Street? Y como si no fuera bastante todo esto, ¿no recuerdan los mexicanos que si se derramó su sangre combatiendo contra la plutocracia de esta nación fue por la ambición de los ricos sobre las tierras de México?

Estos son hechos que hablan con toda su elocuencia. Estos son hechos que están en la memoria de todos; hechos cuyo origen está en la sed insaciable de riqueza de los grandes millonarios norteamericanos, y que han venido a levantar una muralla entre las dos razas pobladoras de este hermoso Continente; muralla que seguirá en pie, enhiesta, insuperable, y que acabaría por convertir en encarnizadas enemigas a dos fracciones importantes de la raza humana, si la propaganda de los libertarios no estuviera prendiendo en el corazón de la gleba de todas las razas sentimientos de amor y de fraternidad, que al robustecerse, derribarán esa barrera levantada por los crímenes del capitalismo, haciendo de todos los intereses uno solo, hermoso, grande: el de la solidaridad.

En México, especialmente, no hay que negarlo, existe un sentimiento de hostilidad bien marcado contra la tendencia absorbente del Gobierno de la Casa Blanca, sentimiento que de día en día se hace más hondo por la acción individual o colectiva de los norteamericanos contra los mexicanos que residen en esta nación. Todos saben con qué desprecio se trata a la raza mexicana en general, todos saben que en Texas se trata a los mexicanos de manera peor que a los negros. En los hoteles, fondas y otros establecimientos públicos de Texas, no se admite al mexicano. Las escuelas oficiales cierran sus puertas a los niños de nuestra raza. Americanos semisalvajes se ejercitan al blanco en los mexicanos. Cuántos hombres de nuestra raza han muerto porque a un salvaje de pelo rubio se le ha ocurrido probar su habilidad en el manejo de las armas disparando sobre ellos, sin que haya mediado disputa alguna. En las llamadas cortes de justicia se juzga a los mexicanos, generalmente sin formalidad alguna, y se les sentencia a la horca o a sufrir penas tremendas, sin que haya habido prueba, pero ni la menor sospecha de que hayan cometido el delito por el cual se les hace sufrir. Todo esto unido al orgullo que en México muestran los norteamericanos ricos que consideran nuestro desgraciado país como país conquistado, porque el cobarde y traidor tiranuelo que nos oprime, les da todo lo que quieren, les concede todo lo que demandan, les pone en posesión de tierras cultivadas y poseídas por labradores humildes, -pues son siempre los pobres los que sufren-, los autoriza ampliamente para que acaben con nuestros bosques, para que exploten para su beneficio único las riquezas de las tierras y los mares mexicanos, para que funjan como autoridades que son casi siempre más brutales que las indígenas; todo esto ha venido a elevar todavía más la barrera que el capitalismo ha puesto entre las dos razas; todo esto ha venido a dificultar la tarea de fraternidad y de amor entre las razas todas del mundo que con nuestros actos y nuestra propaganda tenemos emprendida los libertarios de la tierra.

Así las cosas, y cuando el pueblo mexicano ve en la plutocracia norteamericana al peor enemigo de sus libertades; cuando se ha dado bien cuenta de que la persecución y las torturas de que fuimos objeto en este país se debieron al deseo de los grandes millonarios norteamericanos de que subsistan en México las condiciones de tiranía y de barbarie que hacen posible para los malvados su rápido enriquecimiento; así las cosas, decimos, no se necesitaba sino un hecho cualquiera para levantar en México una tempestad de protesta, y el hecho que hizo explotar la indignación de que dan cuenta los diarios de esta ciudad es uno de tantos que han tenido por escenario las salvajes llanuras de Texas y por actores una turba de salvajes blancos lanzándose furiosos sobre un humilde mexicano. Un mexicano, Antonio Rodríguez, acusado de homicidio en la persona de una mujer norteamericana, y cuyo crimen no se llegó a probar ante los tribunales, fue amarrado a un poste por una horda de norteamericanos y se le prendió fuego en vida. Este espantoso crimen tuvo lugar en Rock Springs, Texas, el día 3 de este mes.

Los estudiantes de la ciudad de México acordaron organizar una manifestación de protesta contra ese linchamiento, la que se llevó a efecto la noche del martes 8 de este mes. Una gran multitud se reunió; se pronunciaron discursos vigorosos protestando contra el ultraje. Un grupo numeroso de manifestantes se dirigió a las oficinas del periódico norteamericano The Mexican Herald, que, como se sabe, está sostenido por Díaz y es uno de los principales aduladores con que cuenta el despotismo. La multitud hizo pedazos a pedradas las vidrieras del edificio.

Al día siguiente, miércoles, los estudiantes, seguidos de una inmensa multitud, recorrieron las calles principales de la ciudad lanzando gritos de protesta contra los asesinatos de que son víctimas los mexicanos en Texas. Varias casas de comercio resultaron con los cristales rotos a pedradas. Una bandera norteamericana fue tomada por la multitud y hecha pedazos, en medio de gritos de indignación por los atropellos cometidos contra mexicanos en este país.

Los periódicos dan cuenta de un norteamericano linchado y un niño descalabrado, también de nacionalidad norteamericana; pero estos hechos no están comprobados y todo se reduce al deseo que tienen los periódicos de atraerse lectores publicando noticias sensacionales.

Igualmente dieron cuenta los periódicos de que fueron arrojadas bombas de dinamita a la residencia del Embajador norteamericano en México. Pero esa noticia como la del linchamiento del norteamericano y la descalabradura del niño, carecen de fundamento.

El miércoles la multitud invadió el edificio donde se edita el periódico más abyecto y más bajo que se publica en México, El Imparcial, y se entregó a la tarea de destruir el taller. Los gendarmes montados ocurrieron, y a machetazos dispersaron a los manifestantes, resultando un hombre pasado por el sable de uno de los cosacos.

El miércoles fue cuando ocurrieron los casos más notables. Las tropas cargaron sobre la multitud, resultando dos hombres muertos. Dispersada la multitud en un lugar, se reunía en otro de la ciudad y así sucesivamente. Hubo muchos encuentros entre los esbirros y el pueblo.

La protesta de los habitantes de la ciudad de México tuvo resonancia en Guadalajara, donde los estudiantes también organizaron una manifestación de protesta. Por varias horas las multitudes fueron dueñas de la ciudad. Muchas casas comerciales de norteamericanos fueron lapidadas. Toda la guarnición fue puesta sobre las armas, y después de varios encuentros entre manifestantes y las tropas se disolvieron las multitudes.

El Gobierno de Díaz, con su acostumbrada barbarie, tiene arrestados a más de cien estudiantes en la ciudad de México; ha dado órdenes terminantes a los polizontes y a la soldadesca de que repriman con ferocidad cualquier grito de protesta, y ante las reclamaciones del gobierno de la Casa Blanca se ha deshecho en explicaciones, satisfacciones y promesas de que va a suprimir todos los periódicos que en virtud de haber publicado artículos contra el linchamiento de Rodríguez, excitaron al pueblo a manifestar su disgusto.

Esto es todo lo que se sabe hasta los momentos de entrar en prensa Regeneración. El periódico católico El País recomienda el boicot contra los efectos norteamericanos como una protesta. Otros periódicos publican artículos enérgicos contra los crímenes de que son objeto los mexicanos en este país; pero ninguno se atreve a decir la verdad; ninguno abre los labios para decir que es el capitalismo, el pulpo voraz que chupa la fuerza de los pueblos, el causante de todos esos disturbios, de todos esos crímenes, pues el capitalismo fomenta el odio de razas para que los pueblos no lleguen a entenderse y así poder reinar a sus anchas.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 11, noviembre 12, 1910.



[1] Refiérese a José Santos Zelaya (1853-1919), militar y político liberal nicaragüense, que gobernó su país natal entre 1893 y 1909. Promovió la unión de América Central, por lo que mantuvo una relación tensa con el gobierno estadounidense. Fue derrocado por un movimiento conservador, apoyado económica y militarmente por los Estados Unidos. La presencia del ejército norteamericano se mantuvo hasta 1933.