Humildad

He aquí una supuesta virtud. La recomiendan las religiones, la prescriben los moralistas, la decretan los gobiernos, la propalan los ricos y los clérigos. Ser humilde es tener los pies adelantados en el cielo. Una persona humilde no da trabajos a los polizontes ni quebraderos de cabeza a los gobernantes; la humildad otorga la simpatía de las personas “responsables;” una persona humilde: una joya para los que tienen las uñas largas, la lengua más larga aún y el espíritu de superioridad bastante desarrollado.

Humildad, vocifera el fraile desde el púlpito; humildad, grita el tirano desde su trono; humildad, aconseja el burgués a sus esclavos; humildad, reclama el militar con voz aguardentosa; humildad, ordenan todos los que tienen interés en que la humanidad sea un rebaño dócil y productivo al mismo tiempo; pero nadie es menos humilde que los que predican la humildad. El fraile ventrudo, bien comido, bien vestido, bien alojado en residencias confortables y lujosas, predica la humildad, pero no la practica; la recomienda como una gran virtud, especie de llave de diamante con la cual puede uno abrir y colarse por la puerta del cielo; pero no ha de ser así cuando los clérigos no se preocupan por ganarla. El tirano, orgulloso, dispendioso, brutal, hace que sus lacayos vigilen la humildad de sus súbditos. Y así todos: el rico propala la humildad, pero su mujer deslumbra de lujo; y sus carruajes, sus caballos magníficos, sus joyas, sus palacios, son una ironía sangrienta, una burla escandalosa a la humildad que se aconseja; un sarcasmo sombrío, una carcajada infernal que azota como una bofetada, el rostro de los pobres.

No, la humildad no es una virtud: es un defecto que hace a los pueblos sumisos, sufridos. La humildad aconseja poner la otra mejilla cuando en una se ha recibido el ultraje. Qué cómodo es eso para los que mandan; qué cómodo es eso para los que abusan; qué cómodo es eso para sujetar los puños dispuestos a devolver golpe por golpe.

¿Humildad?!Rebeldía!, debemos responder; rebeldía contra el que oprime, contra el que embauca, contra el que explota.

La humildad puede producir mártires, pero no formará héroes ni libertadores. Las lágrimas no ablandan las cadenas. Con actitud compungida, con la dulce mirada vagando por el infinito, con golpes de pecho y plegarias al cielo no se desploman fortalezas ni se aplastan tiranías. La barricada es la obra de voluntades púgiles. No se rechaza al enemigo santiguándose, sino batiéndose.

Contra soberbia, humildad, suspira el fraile. Contra soberbia, rebelión, gritamos los hombres.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 12, noviembre 19, 1910.