El Partido Liberal y la revolución de Madero

Como ven los compañeros, la revuelta de Madero ha quedado confinada a la Sierra de Chihuahua. Al principio revistió caracteres de importancia el movimiento insurreccional maderista. El territorio en que se desarrollaron los primeros acontecimientos era bastante extenso y numerosos los grupos revolucionarios; pero por cualquier motivo, o, mejor, por muchos motivos, la insurrección no tuvo eco en la gran masa de la población mexicana, y el despotismo pudo desbaratar fácilmente los pequeños grupos insurgentes y reducir el movimiento a la parte de la Sierra de Chihuahua que en estos momentos está en poder de los revolucionarios.

El Partido Liberal no está listo para entrar en campaña; pero si el movimiento hubiera durado unas tres o cuatro semanas más, los liberales habríamos formado parte en la lucha, no como maderistas ni para elevar a Francisco I. Madero a la Presidencia de la República, sino como libertarios que aprovechan los trastornos públicos durante los cuales el principio de autoridad se debilita para propagar por medio de la acción sus principios reivindicadores. La Junta iba a trasladarse a territorio para encausar el movimiento revolucionario por la senda de las reivindicaciones del proletariado; se hicieron los preparativos para la marcha, creyendo que era seria la insurrección maderista, y, casi ya en el camino, se supo que el movimiento había fracasado en su cuna.

Esta lección, compañeros, es provechosa. Hay que estar listos para la primera oportunidad. De hoy en adelante, en cualquier tiempo, pueden surgir complicaciones en México. Porfirio Díaz ha perdido su prestigio; el espíritu de rebeldía se fortifica, se robustece con sacudimientos como el que acabamos de presenciar. Si todo el dinero que gastó Madero en su campaña pacifista, lo hubiera dedicado a relajar en el cerebro de las masas el respeto a la autoridad, al capital y al clero, su poderosa —por lo extensa— organización revolucionaria habría bastado para levantar en un momento dado a la nación entera en guerra abierta contra sus tres verdugos: autoritarismo, capital, clero.

Es de esperarse que Madero haya adquirido alguna experiencia. Si es un luchador de buena fe, que se despoje de toda ambición personal, que deje de llamarse a sí mismo “Presidente Provisional” de la República Mexicana, que no otorgue nombramientos de gobernadores, que no reparta las carteras de Ministerios ilusorios, que trabaje como un verdadero revolucionario moderno y no como caudillo de aquellas revueltas que por tantos años gastaron la energía del pueblo mexicano hasta quedar degradado sin fuerzas y sin voluntad a los pies de Porfirio Díaz.

La raza mexicana tiene que resolver problemas importantes de carácter político y social, y esos problemas son de tal naturaleza que de no resolverse o de no ponerse los medios para resolverse, quedará la nación mexicana rezagada no se sabe hasta cuando en la marcha ascendente de las sociedades humanas. El universal problema del pan necesita en México solución pronta. La raza mexicana se envilece cada día más por la falta de bienestar y de educación. El bienestar es cosa que no pude decretar ningún gobierno; el bienestar es un bien que debe conquistar el pueblo tomando posesión de la tierra como primera medida para tenerlo garantizado.

Despójese Madero de sus prejuicios de clase, y verá con claridad qué es lo que necesita el pueblo mexicano. Piense como proletario siquiera por un momento; sienta como proletario durante algunos minutos. Imagínese pobre, con familia, obligado a trabajar por lo que el patrón quiera pagarle. Piense en lo que sufriría si no tuviese trabajo y en su casa no hubiera un pedazo de pan. Calcule su tristeza si sus pequeños hijos tuvieran que alquilar sus bracitos para que hubiera en casa otro pedazo de pan para medio apagar el hambre. Imagínese su casa sin alfombras, ni tapices, ni piano, ni cuadros bellos, ni flores, ni lujosos muebles. Imagínese la sórdida covacha del proletario y piense ser proletario él mismo; tener que dormir en el pestilente camastro, cuando no en el suelo; tener que comer un manjar de perros, cuando no hay que ayunar, y, diga, con franqueza, si al comparar su miseria con la opulencia de su patrón no sentiría que se encabritaba dentro de su pecho una ansia avasalladora de justicia social. ¿No apretaría los puños de rabia si su hija se prostituyese por la miseria? Y cuando sin trabajo, sin amigos, sin nadie con quien contar en el mundo, su madre, desfallecida por el hambre y la enfermedad le pidiese un pedazo de pan, ¿no pensaría que esta sociedad no está bien arreglada y que las leyes no garantizan la vida de los seres humanos sino qué, mejor, apoyan la explotación de los débiles por los fuertes?

Piense Madero en que las clases altas son las menos numerosas y son las que gozan de bienestar y libertades, mientras las clases pobres son las más numerosas y no gozan de ninguna libertad ni de bienestar alguno, y decida a favor de qué clase es preferible luchar, si por aquella que está formada de un puñado de satisfechos y de holgazanes o por la clase pobre que se compone de millones, que es la casi totalidad de la nación mexicana.

Medite Madero sobre si es justo que unos cuantos sean dueños de la tierra, la tierra que por ley natural es de todos, mejor dicho, debe ser de todos. Nadie tiene derecho a apropiarse la tierra mientras haya seres humanos que por el sólo hecho de vivir tienen también derecho sobre ella.

Piense Madero sobre el atentado a la propiedad y a la moral que comete todo capitalista, que aprovechándose de las facilidades para robar al prójimo que le da la ley hecha por los de su clase, toma para sí todo lo que produce el trabajador, sin dejarle otra cosa que una limosna para que compre cualquier cosa de comer y nada más.

Piense por último Madero en la nefanda propaganda del clero. Fíjese Madero en que el clero ha sido el causante principal de todos los males que ha sufrido el pueblo mexicano. Tenga en cuenta Madero que el clero, después de haber peleado siempre de parte de los opresores, ha llevado a México expediciones armadas para someternos a la esclavitud y llegó su orgullo y atrevimiento hasta el grado de ir Europa y traer para los mexicanos un príncipe austriaco, el iluso Maximiliano de Habsburgo. ¿No fue el clero el fomentador de rebeliones contra los liberales? El dinero que se colectaba en las iglesias para un santo ¿no lo convertía el clero en fusiles y cañones para asesinar a los mexicanos? El clero quemó en las hogueras a los mejores hombres por el delito de educar a la humanidad. El clero fundó la Inquisición. El clero condenó a Miguel Hidalgo y Costilla. El clero recibió bajo palio a los invasores norteamericanos. El clero provocó la sangrienta revolución conocida como la Guerra de Tres Años. El clero ayudó a Porfirio Díaz a escalar la Presidencia de la República. El clero embrutece a las masas con sus doctrinas de sumisión, de paciencia, de humildad y las hace sufrir el infierno de la tiranía política y la tiranía capitalista aquí en la tierra, para salvarlas del infierno que, según él, está más allá de la muerte, y al que el mismo clero no teme, pues es orgulloso, hipócrita, ladrón, malvado, lo que prueba bien que el tal infierno no existe más que en la imaginación de los embaucadores para atemorizar a los pueblos y se dejen esquilmar.

Ve Madero cuántos males soporta el pueblo mexicano. Ve que se necesita remover la sociedad mexicana para arrancar los males que le afligen todo lo que se pueda.

Si Madero quiere luchar sinceramente, debe renunciar a mandar. No es amo lo que necesita el pueblo mexicano sino pan, bienestar, educación, justicia.

El cambio de amo no es fuente de libertad ni de bienestar. Se necesita el cambio de las condiciones que hacen desgraciada a la raza mexicana y ese cambio sólo podrá operarse luchando por los principios emancipadores del Partido Liberal.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 14, diciembre 3, 1910.