México, enero 24 de 1903.

Al Sr. Licenciado D. Francisco A. Sarralde.

Hemos vuelto al seno de nuestra familia; 1 hemos vuelto al seno de la sociedad que amamos y por cuyo engrandecimiento bregamos; hemos llegado a acercarnos otra vez al pueblo por cuya ultrajada soberanía luchamos; hemos vuelto al movimiento, a la vida, a la luz, al amor…
            Volvemos como entramos a la cárcel, llenos de ilusiones por un porvenir espléndido para nuestra hoy oprimida Patria. Las ilusiones no mueren en las cárceles, no. Allí, en las cárceles, se aprende a sufrir por esa Patria ideal que soñamos y por la que nosotros, los jóvenes, podemos dar nuestras energías, nuestra vida, si a cambio de todo eso para nosotros querido, pudiera romperse una cadena, destrozarse un cetro, derrumbarse un altar…
            Volvemos al movimiento, a la vida, al amor… deplorando tan solo que nuestra Patria sufra las mismas cadenas, aquellas cadenas que en vano pretendimos quebrantar… Pero nuestros anhelos son los mismos, nuestras ansias de rendención infinitas, y … algún día tendrán que romperse las cadenas, convertirse los cetros en astillas y derrumbarse los altares de los falsos ídolos… !Perseveraremos!
            Pero ¿a quién debemos nuestra excarcelación? ¿A quién debemos el haber vuelto al movimiento, a la vida, a la luz, al amor?…
            ¿A quién debemos todo eso? ¿A la Justicia? ¿Al Gobierno?
            No, a la Justicia, no. En México no hay justicia. Esa infortunada deidad ha abandonado a los mexicanos. ¿Podrá concebirse a la justicia con acicates?…
            Entonces ¿a quién debemos todo eso? ¿Al gobierno?…
            No, al Gobierno, no. Una administración que bambolea; una administración que por perpetuarse nos oprime y nos ultraja… No, una administración pública así, no pudo habernos libertado de la agria voz del cómitre, de la patibularia catadura de la soldadesca insolentada, de las tonalidades sombrías del presidio militar, de la irritante brusquedad de los clarinazos de la tropa y del torpe huaracheo de los reclutas…
            Vos sois, señor, quien nos ha arrancado a fuerza de saber y de talento, de las garras de nuestros encarnizados enemigos. Vuestra ciencia fue el mejor martillo para hacer pedazos los grillos que en Santiago Tlatelolco nos impedían el movimento, la luz, el amor…
            Por lo mismo aceptad de nosotros el sincero homenaje de nuestra gratitud, admiración y respeto.

Ricardo Flores Magón.
Enrique Flores Magón.
Evaristo Guillén.
Federico Pérez Fernandez.