[San Antonio, Texas, 5 de febrero de 1905]

Señor General Fernando González
Gobernador del Estado de México
Toluca, México

Muy señor mío:
He recibido la atenta carta de usted fecha 2 del actual, 1 en respuesta a mi circular dirigida a las diez mil personas que están recibiendo Regeneración, entre las que usted se contaba y a las cuales atentamente hacía la súplica de que me enviaran directamente el importe de la suscripción que se sirvieran tomar, por sernos imposible depositar nuestros giros en el Correo en México, debido a denegación arbitraria por el gobierno del general Díaz, de un derecho que nos da la ley.
            Habría acusado a usted simple recibo de su carta en la que me manifiesta que devuelve los periódicos que se le habían mandado y no toma la subscripción, en lo que está usted en su derecho, si no fuera porque en vez de concentrarse usted a esa simple contestación comercial en un asunto comercial como es el pago de una subscripción, se permite usted entrar en su carta en consideraciones y deslizar palabras que no me es posible dejar pasar desapercibidas.
            Dice usted que no puede coadyuvar a mi labor ni pecuniariamente ni de otra manera. Me permitirá usted que le diga que jamás he solicitado de usted ni de gobernante alguno, y de su carácter de gobernante se enviste usted para contestarme, ayuda pecuniaria ni otra cualquiera.
            Tan presuntuosa y pérfida insinuación solo pudo escapársele a usted concediéndole la buena fe que usted me concede, por la costumbre y erróneo criterio de los gobernantes mexicanos que creen que en todos sus actos y palabras dispensan una merced, que no ven de su parte obligaciones que cumplir sino graciosas concesiones que otorgar, ni de parte de los ciudadanos, para ellos sus súbditos, derechos que reclamar y que exigir sino favores y confesiones que suplicar y pedir.
            Me dice usted que hay muchos que califican mi labor de poco patriótica, a la vez que asienta que no se permite expresar un juicio acerca de ella y de mi conducta y tendencias. Su padre de usted, 2 habría hablado con sencilla franqueza haciéndose responsable de sus palabras, pero usted achaca a esos muchos una acusación en que no se decide directamente por ese tacto que admitirá en su discípulo aventajado el general Díaz, hábil como un Jesuita para decir y no decir a la vez, en el arte de la manifestación de los actos y de las palabras.
            A esos muchos cuya opinión usted veladamente prohija, ya les hemos contestado que la Patria, no es el general Díaz, que el general Díaz es precisamente lo opuesto a la Patria, es su enemigo, su tirano, el destructor de la Patria, a la que ha empobrecido, a la que ha dejado en la ignorancia, a la que ha entregado al clericalismo, a la que le ha desgarrado sus instituciones y a la que vende y compromete con el extranjero, en los empréstitos y con las concesiones escandalosas.
            Dice usted que está identificando a la causa porfirista desde su primera infancia (sic) y que le debe usted al general Díaz en su vida privada y pública personales favores y los adelantos en su carrera.
            No me corresponde saber las consideraciones que el general Díaz haya tenido para usted en su vida privada, en sus afectos, en sus ilusiones de la primera infancia o la primera juventud.
            Pero en la vida pública dicen muchos y con ellos yo, que le debe usted al general Díaz una gratitud infinita por su lealtad y adhesión al padre de usted por la acusación ante la Cámara, por la ruidosa oposición y la intriga que le impidió reconocer la deuda inglesa 3 negocio que consumó en seguida sin obstáculos el general Díaz, por la asonada del nickel en la capital, 4 promovida por [Manuel] Romero Rubio y Díaz; por el alejamiento en que tuvo al padre de usted y la nulificación de sus partidarios después de haberse afianzado en el poder el general Díaz en su ya no interrumpidas reelecciones y por las dolorosas reformas constitucionales hechas en el período presidencial del padre de usted como la reforma del artículo 7º 5 con la que acarrearon al general González condenaciones que en realidad le corresponden al general Díaz.
            Es cierto que le debe usted los adelantos de su carrera, haber llegado a general en la serenidad y el reposo de cementerio de una paz octaviana.
            Pero tales ventajas personales por estar en un platillo de la balanza, dicen muchos, como yo que es increíble que pesen más que las desgracias que el general Díaz ha infligido a la patria y que las infidelidades y traiciones con que amargó las horas del padre de usted.
            Usando con sinceridad las propias palabras de usted para mí, diré que “rogando a usted que excuse la franqueza de mi lenguaje, le aseguro que no tengo personalmente hacia usted ningún juicio y que le deseo todo bien.”
            De usted atento, seguro servidor

Ricardo Flores Magón

2 Refiérese al general Manuel González, presidente de México de 1880 a 1884.

3 A fines de noviembre de 1883, diez días antes de la toma de poder de Porfiro Díaz, y después de varias sesiones del Congreso de la Unión que terminaron en desordenes, el presidente Manuel González mandó suspender el dictamen relativo al contrato Noetzlin para el arreglo y conversión de la deuda pública. En el Plan de Tuxtepec, (1876) Porfirio Díaz asentó: “el Presidente [Lerdo de Tejada] y sus favoritos han pactado el reconocimiento de la deuda inglesa, mediante dos millones de pesos que se reparten por sus agencias.” La deuda fue reconocida por el gobierno de Díaz en 1884.

4 El 21 de diciembre de 1882, una turba recorrió las calles de la ciudad de México, apedreando negocios, aparadores y faroles protestando por el curso forzoso de monedas de nickel y el retiro de las de plata por parte del gobierno de Manuel González.

5 Refiérese a la reforma del artículo 7 de la Constitución de 1857, que encomendó a los tribunales comúnes los delitos de imprenta.