San Antonio, Texas, mayo 18 de 1907

Señor don Ricardo Flores Magón
donde se halle

Muy estimado amigo y correligionario:
Confirmo a usted mi anterior y por la presente le comunico detalles de los trabajos que hice durante mi estancia en territorio nacional.
            En Torreón[, Coahuila] estuve varios días y entrevisté a los correligionarios que en dicho lugar estaban comprometidos a levantarse en armas. Son las siguientes personas: Manuel Banda, Prisciliano Silva, Eugenio Alzalde, José María G. Ramírez, Orestes Pereyra, un hijo de este señor, Feliciano M. Orozco y un señor Lamberto Garibay; cuando les hice ver la necesidad absoluta que tenía la Junta de hacer gastos, todos me indicaron que eran pobres y que el único que tenía fondos era don Manuel Banda, quien maneja un capital de mas de cien mil pesos y es propietario de muchas fincas urbanas en Torreón. Hablé detenidamente con Banda acerca de la urgencia que tenía usted de fondos, pero aunque éste llegó a convencerse y aún a ofrecerme esperanzas de facilitar alguna fuerte cantidad, su familia que está opuesta a la revolución, lo hizo cambiar de parecer y entonces pretextó un viaje urgente a la sierra, dejándome en Torreón y reservándose a tratar el asunto del prestamo a su regreso, regreso que no hizo efectivo. Los compañeros se disgustaron mucho con esa acción de Banda y me manifestaron que no era la primera ocasión que hacía eso. Que la vez pasada, el último septiembre, cuando estalló la revolución y el grupo de Torreón debia de haberse levantado en armas, la rémora para el levantamiento fue el mismo Banda, cuando orillado por los señores Silva, Alzalde y Ramírez a que cumpliera con su compromiso, completamente se rehusó, aún todavía siendo el jefe del grupo, según credencial que me dijeron le había usted enviado. Estaba yo arreglando el levantamiento con los demás compañeros cuando repentinamente, una noche, fue cateada la casa de Banda por el coronel [Enrique] Sardaneta, [Manuel] Garza Aldape, diputado a la Legislatura, el comandante de la policía y el jefe de la Acordada, el bandido [Alberto L.] Guajardo. Yo vivía en la casa vecina y tuve oportuno aviso para escaparme, habiéndose salvado los compañeros Prisciliano Silva, Eugenio Alzalde, José María G. Ramírez y Feliciano M. Orozco. En la casa de Banda buscó la policía por todas partes y preguntaron por mi nombre Antonio Pío de Araujo. No he acertado a comprender quién puede haberme denunciado en Torreón. Nadie, a excepción de los compañeros y Banda y su familia, tenían conocimiento de mi presencia en Torreón y sabían mi verdadero nombre. Los compañeros no pueden haberme denunciado, porque son honrados; Banda se encontraba en la sierra, ¿quién me denunciaría? ¡Ah!, le digo a usted que he tropezado con unos seres muy infames; me he salvado porque he caminado con una suerte desmedida; en caso contrario, estaría ya en Belem. Bien, dejé copias de las instrucciones a los señores Prisciliano Silva y José María G. Ramírez y los nombré delegados especiales para que comunicaran a los correligionarios de los demás puntos del estado de Coahuila las instrucciones generales. Con la mejor buena voluntad aceptaron los nombramientos y marcharon a sus destinos, con las listas de todos los compañeros de Coahuila. Don Prisciliano Silva, debe haber visto al correligionario Benito Ibarra, de Viesca[, Coahuila], quien según una de las cartas de usted estaba esperando con ansias al delegado de la Junta. Don Prisciliano, que es hombre de armas y muy buenos conocimientos iba a tratar de que en Viesca y otros puntos de La Laguna obraran en combinación con Torreón, para asegurar el éxito.
            Dí a los señores Silva y Ramírez la dirección de usted, digo la de José H. Ruíz, y la de Tomás S. Labrada, para que le enviaran fondos y comunicaciones; supongo que habrá usted recibido ya sus noticias, porque yo, desde que salí de Torreón, no he vuelto a saber nada de ellos. De Puebla puse un telegrama a Silva a Torreón, el 5 de mayo, pero su esposa, la señora María de Jesús G. de Silva, me contestó por la misma vía, al día siguiente que su esposo no estaba en Torreón.
            La escribí a Alzalde a Torreón, para que me enviara por express a México, esos mil ejemplares de programas que estaban guardados en Torreón, pero no recibí contestación, lo que me hace creer que algo ha de haber pasado en dicha población.
            Los compañeros de Torreón, todos pobres, me ayudaron para salir de la población, porque la policía me seguía buscando con mucha insistencia y las estaciones de los ferrocarriles estaban siempre vigiladas; tomé el tren en territorio del estado de Durango, en Gómez Palacio y me encerré en un gabinete de un pullman. Cuando registraron el tren en Torreón, no me encontraron y ya tranquilo continué mi camino en compañía del joven Luis G. Domínguez, hijo del coronel Dimas Domínguez que reside actualmente en Del Río, Texas. Seguimos para Aguascalientes, pero como no pude encontrar al correligionario del lugar, continué para Puebla, en cuyo punto según una carta de usted debía ver al compañero Ernesto E. Guerra, en la calle de Joaquín Ruíz, número 2. Me presenté en dicha casa y la familia del señor Guerra, compuesta de su mamá y tres señoritas hermanas, me manifestaron que Ernesto residía en México, y que había estado preso en la cárcel de Puebla durante tres semanas, acusado de revolucionario. La causa de su aprehensión, la que verificó el asesino Miguel Cabrera, ex-agente de la policía reservada de México y hoy jefe de la policía en Puebla, fue en exhorto del juez de distrito de Oaxaca, que conocía la causa de Plutarco Gallegos y Adolfo C. Gurrión. Entre los papeles que la policía de Oaxaca tomó de la casa de Plutarco Gallegos, estaban tres o cuarto cartas que Ernesto E. Guerra de Puebla, le había dirigido a Gallegos, con motivo de su prisión. Su contenido estaba pletórico de ataques a la dictadura, exhortos a Gallegos para que no desmayara a pesar de todas las persecuciones. Como no se le pudo probar a Guerra que estuviera de acuerdo con ustedes, para la revolución y con motivo de su declaración, en la cual manifestó que si bien era cierto que no caminaba de acuerdo con la política que seguía el gobierno del general Díaz y era un oposicionista, también lo era que el cambio de gobierno que él deseaba, debía ser a impulso de la evolución, mas nunca por medio de la guerra ni de la rebelión a mano armada, el juez de distrito de Puebla decretó al cabo de 110 días, el sobreseimiento en la causa y así pudo salir de las garras de los tiranos.
            Encontrándome escasísimo de recursos y cuando comenzaba a trabajar en Puebla, supe que en Oaxaca me esperaban con ansia. Determiné salir para dicha ciudad. Me alojé en el Hotel Francia y me apersoné, siguiendo en todo las instrucciones que hacía tiempo me había dado usted, con el señor ingeniero Abelardo Beabe [Ángel Barrios], quien me recibió con todas las atenciones debidas y como ningún correligionario lo habia hecho hasta esa fecha. Como comuniqué a usted en cartas anteriores, dicho correligionario es la persona que tiene mas conocimientos militares que cualquiera otra. A la fecha y de haber continuado en la carrera militar, fuera mayor de Estado Mayor Especial. Hizo una brillante carrera en el Colegio Militar; fue uno de los miembros de la Comisión Geográfica Exploradora; jefe de una de las secciones de Catastro. Conoce muy bien a todos los militares de la época; hizo sus estudios cuando el estúpido Porfirio Díaz (hijo) hacía su curso de ingeniería en el mismo colegio; conoce a los jefes que pueden cambiarse a nuestras filas y a aquellos que son cobardes. Dicho compañero me manifestó que con todo gusto se levantará en armas. Que en sus frecuentes viajes por las sierras del estado de Oaxaca, ha hecho buena propaganda entre los indios. Estuvo últimamente por Tuxtepec, así como por otros puntos que marqué a usted en una de mis anteriores que deposité en el correo de Tehuacán, Puebla. Supongo que recibiría usted dicha carta. También estuvo el ingeniero en Mazatlán[, Oaxaca], punto en donde vió usted la primera luz.  
            En la actualidad el ingeniero está desempeñando su profesión en Oaxaca, pero no cesa de trabajar ni un solo momento por la causa. Me dijo que el último enero, el gobernador [Emilio] Pimentel, hizo correr el rumor y lo declaraba como cierto, que usted había sido muerto, lo cual hizo desanimar a muchos partidarios en el estado. Deseando mantener el ingeniero la animación entre todos los correligionarios y desmentir la versión de la muerte de usted (la cual todos creían cierta en Oaxaca) escribió en máquina cerca de 300 cartas circulares que declaraban que usted vivía y que la lucha sería reanudada; mandó a diferentes partes las citadas cartas, para que aparecieran como fechadas en Cuba, Guatemala, Estados Unidos, Chiapas y otros puntos. Después llegaron a Oaxaca y causaron muy buena impresión entre los correligionarios y mucho disgusto entre los gobiernistas. Hablándole al ingeniero sobre la necesidad de usted, por los fondos, me manifestó que esa misma falta de fondos lo imposibilita a hacer mucho de lo que el quisiera. El año pasado, cuando se llegó la hora del levantamiento y que exigía a los demás a que se pronunciaran, le pretextaron la falta de armas. Aunque él les exigía que hipotecaran algunas de sus fincas, para hacerse de recursos, ninguno se decidió a hacerlo, lo cual indignó mucho al ingeniero. El único hombre que podría haber facilitado el dinero, don Miguel Maraver Aguilar, fue aprehendido en esos días, precisamente cuando el ingeniero estaba tratando de que facilitara algunos miles de pesos para armar a la gente. Le dijo el ingeniero que la única esperanza con que cuenta ahora, es que a la salida de Maraver Aguilar de la cárcel, salida que se espera en el transcurso de este mes, se hipoteque el cafetal que posee Maraver y se obtengan unos cuatro mil pesos, de cuya suma remitirá a usted una parte, reservándose la otra para la compra de armas y municiones. El ingeniero no vive mas que de su trabajo: el levantamiento de planos, la medición de terrenos que es lo que le dá para sus necesidades. Esta muy aislado en Oaxaca y ha sabido apartarse a tiempo de todo lo que huele a pimentelismo. La única persona de su confianza y con la cual fue la única con quien me presentó durante mi estancia en Oaxaca, es el licenciado Heliodoro Díaz Quintas. Este abogado tiene fondos y es propietario de varias fincas urbanas, pero no ha manifestado deseo de hacer un préstamo. Esta dispuesto a levantarse en armas con el ingeniero, así como don Ismael Puga y Colmenares, quien en la actualidad vive apartado de todo en Miahuatlán, pero siempre dispuesto a luchar a mano armada. Este señor ha jurado matar a Emilio Pimentel. Díaz Quintas es un abogado bastante inteligente y muy práctico en el ejercicio de su profesión. Está muy querido por toda la indiada de la sierra de Ixtlán y en los pueblos de Etla, Huitzo, Zimatlán, Tlalixtac y en otros cercanos a Oaxaca, tiene mucho partido. El prestigio de Díaz Quintas, Puga y Colmenares, Maraver Aguilar, y el ingeniero, levantarían al estado de Oaxaca. El hombre a quien más se le teme en el estado es Maraver Aguilar. Es un bronce. Todo un carácter. Yo iba a hablar con él en la cárcel, pero no lo creyeron conveniente ni el ingeniero ni el licenciado. Pimentel le tiene mucho miedo a Maraver Aguilar. ¡Ah!, respecto al préstamo, el mismo ingeniero solicitará en alguno de los bancos, facilmente en la sucursal del United States Banking Co., en Oaxaca, la cantidad mayor que se pueda, dando como garantía hipotecaria el cafetal de que le he hablado a usted y que es propiedad de Maraver Aguilar.
            Al ingeniero le dejé tres copias de las instrucciones y respecto a la proclama, el licenciado Díaz Quintas, emitirá una titulada: "¡Oaxaqueños a las armas!" Con todo gusto aceptó el ingeniero el cargo del delegado especial, para comunicar a los correligionarios de Oaxaca, Veracruz, Puebla y Guerrero, las instrucciones necesarias, así como me dijo que quería obtener la seguridad de que secundarán el movimiento en otras partes cercanas para lo cual él les hablaría fuertemente. ¡Ojalá todos los compañeros fueran de la talla del ingeniero! ¡México sería libre!
            Me encargó mucho el ingeniero que le mandara yo por el express cien programas, pero esto no pude hacerlo, debido a que no me contestaron de Torreón, cuando mandé pedirlos. Me dió una dirección especial para enviárselos por el express. También me encargo que dijera a usted que necesita dos hombres honrados y principalmente que sean temperantes, para que dirijan las operaciones de destrucción de los puentes que hay en el camino de Puebla a Oaxaca. Deben tener conocimientos en el manejo de la dinamita. Mañana seguiré comunicando a usted largamente mis otros trabajos y con mis saludos para Antonio [I. Villarreal], me repito de usted afectísimo atento correligionario y seguro servidor

Antonio de Pío Araujo