[Los Ángeles, California,] junio 15 de 1907

Señor don Marcelino A. Ibarra 
[s.l.]

Mi querido amigo y correligionario:
Tengo a la vista su grata de 3 del corriente. Gracias por los informes que me dá. 1  Realmente no se ha podido descubrir quién sea el traidor, lo malo es que, mientras no lo descubramos no se sabe cuántos más caerán en las garras del despotismo. Tengo en cuenta lo que me dice usted de [Amado] Morantes.
            Respecto de esa señora que se ha metido entre ustedes, les ruego que tengan mucho cuidado. El gobierno procura que se metan entre los liberales mujeres hermosas para hacerles caer. En Saint Louis, el año pasado, sorprendieron a los compañeros unas señoritas preciosas que fingiéndose correligionarias se introdujeron a la redacción y tomaron informes de varios asuntos. El resultado fue que el miserable [William C.] Greene tuvo datos suficientes para la acusación que presentó contra nosotros, datos que le fueron proporcionados por esas señoritas, más viles que la más abyecta ramera, porque las rameras son mujeres que no fingen virtudes y las que envía el gobierno son hipócritas y malvadas. Pudiera ser que la señora que ha logrado introducirse entre ustedes fuera alguna espía. Cuídense mucho; no le den a conocer nada, aunque diga que es más liberal que don Benito Juárez.  
            El nombre de Longoria me trae a la memoria el de un sujeto que en San Antonio[, Texas] ha servido de espía al gobierno mexicano. Se llama Longoria ¿qué no sería pariente de la señora en cuestión? No hablen nada importante delante de esa señora, ni dejen descuidados los papeles por las mesas o en lugares que ella frecuenta. Tomen todas las precauciones necesarias, pues repito, el miserable de Porfirio Díaz tiene mujeres a su disposición que deshonran a su sexo cometiendo la vileza de servir de polizontes. Espíen a esa señora, siguiendo sus pasos y no la pierdan de vista; eso de ir a trabajar sin remuneración huele mal, y todavía es peor que sea hermosa, porque puede caer alguno de los jóvenes que estén en conexión con el periódico. Estén listos y no se dejen sorprender aunque la tal señora haga protestas mil de ser liberal y de amar a la causa. Fíjense en que es una desconocida que ni siquiera referencias ha llevado ante ustedes.
            Si se trata de una aventurera la cosa está delicada, porque sé bien que las mujeres hermosas ejercen tal poder sobre los hombres que pueden hacerlos caer, no en la traición, pero si en alguna indiscreción.
            Dígale al señor [Ramón] Torres Delgado que no vaya a dar oídos a esa señora. Si no existiera el precedente de la traición de aquellas señoritas en Saint Louis no habría motivo de alarma, pero habiéndolo, no es prudente dejar de estar alertas.
            Lo quiere su amigo y correligionario

Ricardo Flores Magón