[Cárcel del Condado, Los Ángeles California,] 13 de junio de 1908

[Enrique Flores Magón y Práxedis G. Guerrero]
[s.l.]

Esta carta la escribo hoy, trece de junio de mil novecientos ocho, queridos hermanos Práxedis y Enrique, para comunicarles un asunto que, a mi modo de ver, es de capital importancia. La idea que paso a mostrar a ustedes se la expuse ya a nuestro compañero Librado [Rivera], quien está de acuerdo con ella. Vamos al grano.
            Ustedes saben también como yo que ninguna revolución logra hacer prevalecer después del triunfo y hacer prácticos los ideales que la inflamaron y esto sucede porque se confía que el nuevo gobierno hará lo que debió hacer el pueblo durante la revolución.
            Siempre ha sucedido lo mismo. En todas partes se enarbola una bandera con reformas más o menos importantes; se agrupan alrededor de ella los humildes; se lucha; se derrama más o menos abundantemente la sangre, y si triunfa la revolución, se reúne un congreso encargado de reducir a leyes los ideales que hicieron al pueblo tomar las armas y batirse. Al congreso van individuos de toda clase de ideales, avanzados unos, retrógrados otros, moderados otros más, y en la lucha de todas esas tendencias las aspiraciones de la revolución se marchitan, se desvirtúan y después de largos meses, cuando no después de largos años, se vienen aprobando leyes [en las] que ni siquiera se adivinan los ideales por los cuales dio su sangre el desdichado pueblo. Pero supongamos que por un milagro se dicten leyes en las que brillen con toda su pureza los ideales de la revolución, cosa que nunca se ha visto ciertamente, porque muy pocos diputados tienen los mismos ideales que el pueblo que empuñó las armas; supongamos que el milagro se realiza y que en el caso especial de nuestra lucha, el congreso ordena el reparto de las tierras, la jornada de ocho horas y el salario no menor de un peso ¿podremos esperar que los terratenientes se cruzarán de brazos para dejar escapar lo que los hace poderosos y les permite vivir en la holganza? Los dueños de toda clase de empresas donde se emplean brazos ¿no cerrarán sus negociaciones o, al menos, no disminuirán el número de obreros que emplean, para obligar al gobierno a revocar la ley con la amenaza del hambre del pueblo, fingiendo que les es materialmente imposible pagar más por menos horas de trabajo?
            Agotados los recursos para la revolución, el pueblo se encontraría en una condición más difícil que aquella por la cual se vió obligado a rebelarse. El pueblo, sin pan, escucharía la palabra de los burgueses que dirán que se les había engañado y lo acaudillarían para derrocar al nuevo gobierno, con lo que se salvarían de perder sus tierras unos y de hacer concesiones a los trabajadores otros.
            Los ricos se rebelarán cuando se trate de hacer práctico el Programa del partido liberal, en caso de que, por un verdadero y único milagro en la historia de las revoluciones de los pueblos, se hubieran conservado intactos los ideales de la revolución después de su triunfo.
            Como anarquistas sabemos bien todo esto. Sabemos bien lo que hay que esperar del mejor gobierno que pueda pesar sobre cualquier pueblo, y, como anarquistas, debemos poner todo lo que esté a nuestro alcance para que la revolución que está en vísperas de estallar dé al pueblo todos los beneficios que sea posible conquistar.
             Para alcanzar grandes beneficios para el pueblo, beneficios efectivos, hay que obrar como anarquistas fácilmente aplastados [sic] aun por los mismos que nos tienen por jefes. Todo se reduce a mera cuestión de táctica. Si desde un principio nos hubiéramos llamado anarquistas, nadie, a no ser unos cuantos, nos habría escuchado. Sin llamarnos anarquistas hemos ido prendiendo en los cerebros ideas de odio contra la clase poseedora y contra la casta gubernamental. Ningún partido liberal en el mundo tiene las tendencias anticapitalistas del que está próximo a revolucionar en México, y eso se ha conseguido sin decir que somos anarquistas, y no lo habríamos logrado ni aunque nos hubiéramos titulado no ya anarquistas como somos, sino simplemente socialistas. Todo es, pues, cuestión de táctica.
             Debemos dar las tierras al pueblo en el curso de la revolución; de ese modo no se engañará después a los pobres. No hay un solo gobierno que pueda beneficiar al pueblo contra los intereses de la burguesía. Esto lo saben bien ustedes como anarquistas y, por lo mismo, no tengo necesidad de demostrarlo con razonamientos o con ejemplos. Debemos también dar posesión al pueblo de las fábricas, las minas, etcétera. Para no echarnos encima a la nación entera, debemos seguir la misma táctica que hemos ensayado con tanto éxito: nos seguimos llamando liberales en el curso de la revolución, pero en realidad iremos propagando la anarquía y ejecutando actos anárquicos. Iremos despojando a los burgueses y restituyendo al pueblo. He aquí el medio que se me ocurre y que someto a la atención de ustedes: En virtud de la revolución las fábricas, las haciendas, las minas, los talleres, etcétera, van a cerrar sus puertas, no porque los trabajadores tomen las armas, pues no todos las tomarán, sino por otras razones entre las cuales pueden contarse la paralización o amortizamiento de las transacciones comerciales debido a la inseguridad que hay para los intereses en tiempos en que el respeto a la autoridad está relajado, y la orden en todos los lugares dominados por la revolución de que no se pague a los trabajadores menos de un peso por la jornada establecida de ocho horas. La consecuencia de ese proceder de la burguesía será el hambre, porque agotadas las existencias no se da paso a producir más.
            Nosotros no debemos esperar a que llegue el hambre, por lo mismo, tan pronto como una hacienda paralice sus trabajos, una fábrica cierre sus puertas, una mina deje de extraer metal, etcétera, invocaremos la utilidad pública de que no cese el trabajo, cualquiera que haya sido el pretexto de los amos para suspenderlo, y con la razón de que es preciso reanudar los trabajos, para impedir el pauperismo, daremos a los trabajadores las negociaciones que hayan cerrado los burgueses, para que ellos las sigan explotando bajo un pie de igualdad.
            Para evitar que los trabajadores así beneficiados pretendan hacerse burgueses a su vez, se prescribirá que todo el que entre a trabajar a esas negociaciones tendrá derecho a participar una parte igual a la de los demás. Los trabajadores mismos administrarán esas negociaciones.
            Si se trata de haciendas sería injusto dar todo el terreno a los trabajadores de las mismas porque entonces muchos se quedarían sin nada. Se daría a los trabajadores de haciendas lo que actualmente trabajan en ellas, reservándose lo que se utiliza para los demás pobres. Como los trabajadores de las haciendas seguirán trabajándolas conforme a este plan, los que quieran tierras de las que no se utilizan actualmente, al ver las excelencias del trabajo en común practicado por los peones redimidos en lugar de trabajar la tierra individualmente querrán trabajar en común también ellos y así no habrá necesidad de fraccionar la tierra en parcelas, con lo que se ahorrará a la Junta el odioso trabajo de dar a cada quien que lo solicite un pedazo de tierra.
            Aunque queden las negociaciones en manos de los trabajadores, se prohibirá su enajenación como en el Programa se prescribe para las tierras. De este modo se reanudará el trabajo en medio de la revolución y se habrá hecho obra anarquista invocando la necesidad de que no cese la producción para evitar el hambre de las masas.  
            Hay que tener en cuenta que no contando los trabajadores con moneda para pagarse un [salario] diario con qué comprar lo que necesiten para vivir, es preciso que ellos mismos establezcan una comisión de estadística que llevará un registro de los recursos con que cuenta cada región dominada por la revolución, así como de las necesidades de los habitantes laboriosos de las mismas regiones. Teniendo ese registro los trabajadores se cambiarán mutuamente sus productos y habrá tal exceso de producción, que podrán fácilmente sin sacrificio mantener a los soldados de la revolución. Además se aconsejará a los trabajadores que estén armados ellos mismos para defender lo que la revolución les ha dado de las embestidas que den los soldados de la tiranía, y la probable acometida que nos den los gringos o algunas otras naciones.
            Al principio no molestaremos a los burgueses extranjeros, sino hasta que el pueblo casi todo tenga algo material que defender y algo para hacerse respetar. Cuando los parias tengan algo que defender veremos que no habrá uno que deje de empuñar el fusil.
            Se presentarán problemas nuevos pero no creo que sean de difícil solución estando los mismos trabajadores interesados en el asunto. Vendrán, además, muchos anarquistas españoles e italianos al ver lo que está ocurriendo, y ellos ayudarán muy bien. Me parece que sería muy bueno que uno de nosotros fuera a dar una vuelta durante la revolución para animar a aquellos compañeros a darnos una buena ayuda viniéndose a agitar las masas y a dirigirlas en todo lo que se necesite. Yo creo que vendrían muchísimos y hasta se les podría costear el viaje derramándose después por todo el país una nube de compañeros.
            Obrando como propongo, si no se vence al menos habrá quedado una gran enseñanza.
            Ya estoy cansado. Escribo en posición tan forzada que me duele el pecho, del que, entre paréntesis, estoy ya muy enfermo. No ceso de toser, me duele la espalda y me siento mal, muy mal. Lo que me sostiene es que no me abato. El frío que continuamente hay en esta cárcel me está agravando. Pesaba yo doscientas diez y ocho libras y hoy sólo peso ciento sesenta y ocho. La cárcel es de hierro; nunca recibe un rayo de sol; el viento frío sopla de día y de noche, y delicado como he sido siempre de los pulmones, siento que no resistiré otro invierno en esta cárcel en donde no hay calentadores para los presos. Tengo un catarro muy fuerte que desde que nos metieron a la cárcel no se me quita. Se me calma dos o tres días pero para atacarme con más fuerza. En este momento estoy acalenturado. La fortuna es que no me abato y así yo mismo me doy fuerza. Pero volvamos al asunto que motiva esta carta.
            Creo que es necesario que vengan muchos anarquistas para que aleccionen al pueblo. Además, es bueno hacer reimprimir folletos y libros anarquistas para que sean repartidos por millones. De ese trabajo pueden encargarse amigos de confianza.
            No debemos mandar representantes cerca de los gobiernos extranjeros, porque entonces entraríamos en un mar de compromisos que quitarían a la revolución su carácter especialísimo. Deberemos cultivar relaciones internacionales, pero no con los gobiernos sino con las organizaciones obreras de todo el mundo ya sean simplemente trade-unionistas, socialistas o anarquistas.
            No se me ocurre algo más por lo pronto. Librado los saluda cariñosamente. Reciban un fuerte abrazo de su hermano Ricardo que mucho los quiere.
            Continúo hablando de lo mismo hoy, quince de junio, queridos hermanos.
            Va a haber burgueses muy ladinos que al ver lo que pasa a sus compañeros, no cerrarán sus negociaciones y entonces no habrá pretexto inmediato para arrebatarles la propiedad. En este caso que va a ser tal vez el más frecuente, se agitará a los obreros de esas negociaciones para que pidan "imposibles" de manera que los patrones se vean forzados a cerrar. Entonces los obreros tomarán posesión de la negociación.
            Sé que de escoger dos caminos el que deba mejor seguirse para las expropiaciones la Junta puede decretarlas, o bien los obreros pueden consumarlas, y en este caso, que me parece el mejor, porque disfraza muy bien el carácter anarquista de la Junta, no tenemos más que aprobar hechos consumados. Para seguir esta última táctica hay necesidad de hacer una gran agitación entre los obreros, repartirles folletos, libros, meter entre ellos agitadores anarquistas. Todo esto se puede hacer muy bien (me refiero a la agitación) y creo que, lo que se haga por los obreros mismos, será más sólido de lo que se haga por decretos de la Junta. La cuestión es traerse, una vez comenzada y formalizada la revolución, un gran número de compañeros de Europa a fomentar en México la publicación de muchos periódicos anarquistas. Como tendremos dinero, todo eso se podrá hacer fácilmente. Sólo los anarquistas van a saber que somos anarquistas, y les aconsejaremos que no nos llamen anarquistas para no atemorizar a tanto imbécil que en el fondo de la conciencia abriga ideales como los nuestros, pero que sin saber que son ideales anarquistas, pues están acostumbrados a oír hablar de los anarquistas en términos desfavorables. Más bien que imbéciles son ignorantes. No hay que ser injustos.
            Lo que se haga por los obreros mismos tendrá que ser más sólido, por ser el resultado de un esfuerzo consciente. Así, pues, creo que ésa será la mejor táctica; agitar a los obreros induciéndolos a que expropien. La Junta ante los hechos consumados tendrá que aprobar. Así seguiremos dando "el timo" de liberalismo en beneficio de nuestros bellos ideales.
            Me parece que no tengo más que agregar.
            Si Librado o yo tenemos hoy visita extraordinaria tal vez podremos echar fuera esta carta y mi anterior adjunta. Hoy es diez y siete de junio y me refiero, querido hermanito, a la tuya de ayer. Quedamos enterados de que saldrán el próximo sábado y, hermanito, deseamos que no te ocurra nada desagradable en el viaje. A Paulina o a Rómulo [Carmona] como lo indicas ocurriré cuando se trate o llegase aquí algo en secreto, quedando entendido de que conocen la clave.
            Ayer hablé con el compañero [José María] Gaitán, quien va a El Paso[, Texas] con Goliat para entrar a la lucha. La compañera de Gaitán sale mañana para El Paso y convenimos en que ella te llevaría como equipaje el bulto de manifiestos. La oportunidad es brillante. Si ya enviaste a [Francisco] Ulíbarri todos los membretes, quedará listo el asunto. Manda decir desde luego a Gaitán, Ulíbarri o [Norberto] Loya la dirección a que deba ir el bulto de manifiestos para que no haya tropiezo. Toma nota dirección Prisciliano [G. Silva] y de la indicación de si es a Paulita a quien debo por conducto del excelente Salvador [Medrano] mandar lo que para ustedes tenga para que ella le dé curso.
            Ustedes con más acierto podrán resolver sobre lo que propone la formación de la primera zona de occidente, pero me parece que es muy poca la sierra para constituir una zona. Magnífica la noticia de la unión del escuadrón "Zaragoza" con [Encarnación] Díaz Guerra.
            No caben rollitos más gruesos que los que se hacen con papel de fumar wheat straw. 1 En ese papel me has de escribir: digo esto porque no me puede dar Salvador la carta que rompiste en cuatro. Tal vez en ella se diga sobre [Heliodoro] Díaz Quintas. Ya no es tiempo para ir a verlo, así es que no urge.
            Yo también opino porque se publique Revolución, el nombre después de todo es lo de menos, pero por un romanticismo muy natural, me gustaría más que fuera Regeneración el periódico.
            No tengo más que decir, querido hermanito, sino que me quedo desesperado porque también quisiera estar cerca del teatro de los próximos deseados sucesos.
            Yo creo que ahora sí no podrá sofocar el viejo la revolución y que al fin el pueblo se hará justicia.
            Ojalá que la sangre que se derrame sea fecunda en bienes para el proletario, y creo que lo será si nos proponemos mejor que obtener un triunfo fácil aliándonos a la burguesía obtener verdaderas libertades para el pueblo emancipándolo económicamente, paso a paso o salto a salto, como se pueda en el curso de la grandiosa revolución en cuyos umbrales nos hallamos.
            Sueño con grandes, efectivas conquistas durante la revolución. No debemos titubear. Es muy posible que nuestra revolución rompa el equilibrio europeo y se decidan aquellos proletarios a hacer lo que nosotros. Tal vez si llevamos a cabo lo que propongo se nos echen encima las potencias de Europa, pero eso será el último acto de la farsa gubernamental, porque estoy seguro no nos dejarán perecer nuestros hermanos del otro lado del mar.
            Si logramos tener éxito durante la revolución, esto es, si logramos ir despojando y restituyendo, no importa que se prolongue por años nuestro movimiento.
            Debemos esforzarnos porque la gran mayoría de jefes y oficiales revolucionarios sean más o menos hombres de nuestro modo de pensar y, al efecto, Gaitán, como [Fernando] Palomares, como otros más, Loya por ejemplo, para que esté la fuerza de nuestra parte, por que hay muchos, muchísimos, que no piensan sino en su engrandecimiento personal. Teniendo el mando los libertarios haremos una gran obra.
            Para jefes de las zonas donde no hay ahora grupos, debemos nombrar libertarios.
            Una fenomenal propaganda libertaria se impone. Procuremos encargarnos [que] envíen folletos los periódicos anarquistas y reimprimirlos en México con dinero que se arranque a los burgueses. Todo ese trabajo lo pueden desempeñar amigos de confianza para que la Junta siga conservando aparentemente un papel de "libre".
            Siguiendo la táctica que a ustedes propongo en la adjunta carta no volveremos a tener una oportunidad mejor para trabajar por el ideal como en medio de la revolución.
            Ya me despido.
            Envía un fuerte abrazo a todos, y a ti, hermanito, mi grande fraternal cariño. Librado también los saluda. Saluda a todos.

Ricardo Flores Magón

1 wheat straw: papel de trigo.