[Los Ángeles, California,] septiembre 27 de 1908

María de mi alma:

Me preguntas por qué no te había dicho que estoy enfermo. Debes suponerte, dulce sueño mío, que no quería entristecerte, y sólo te lo comuniqué cuando fue absolutamente necesario. Ya vino el médico y el certificado llegará a Washington, [D.C.,] en tiempo oportuno. Con motivo de mi enfermedad, creo que ahora ya no podrán poner pretextos a mi libertad bajo fianza, porque negarme la libertad es tanto como decretar mi muerte. Está bueno que te cambies a Center. No importa que esté aislada esa casa. La cuestión es que nadie sepa a dónde te has mudado. Puedes decir que te vas a San Pedro, pero en realidad te vas a Center. No salgas para que nadie te siga. No dejes ninguna carta mía a la mano, porque los detectives son muy atrevidos. Acostumbran estar en acecho de una oportunidad, de la salida aunque sea por unos minutos de una persona, y entonces se introducen a las casas a buscar papeles. Ya lo han hecho así con nosotros en Saint Louis, [Missouri]. Ten muchas precauciones. Procura que tu ropa y la de nuestra Lucía quepa en unos tres o cuatro velices a lo sumo para que en cualquier momento puedas tomar rápidamente un tren, pues para casos apurados es peligroso andar con castañas que necesitan siempre llevarse en carro. Ten lista tu ropa y velices para cualquier momento. Te ruego, vida mía, que hagas todo lo que te estoy diciendo para que estés lista con Lucía cuando sea necesario, que tal vez sea muy pronto. Toma la casa de Center y dame el número, porque ya se me olvidó. No me mandes recado en ningún paquete de fruta, porque ahora los rompen para ver qué traen escrito. Nuevamente te ruego que no dejes huella del lápiz por la abertura donde metes el trapo, porque eso llama la atención y pueden descubrir nuestra manera de comunicarnos. Fíjate bien en todo lo que te digo en esta carta. Me darás las señas exactas de tus cuartos para que no haya necesidad de que pregunte yo a nadie. Es preciso que toda tu ropa quepa en unos tres o cuatro velices. Si cupiera en menos sería mejor. Yo te diré cuándo será conveniente decirles de mi enfermedad a mis hermanos de doctrina. No conozco a ese Miguel Segura. ¡Mucho cuidado! La señora Shea tiene una carta mía, pero esa carta no tiene importancia. Donato Martínez no tiene ninguna comisión. Ojalá que pudieras mudarte a Center sin que nadie te siga. Lo más fácil para la policía es seguir un carro con muebles, pero a ver si haciéndolo con precaución no siguen el carro. Largos, interminables se me hacen los días. ¿Cuándo estaré ya contigo? Sueño con mi María. Suspiro por la vida contigo, dulce como tus besos, tierna como tu alma. Delirio por el calor de tu amor. Quiero que me hables al oído, que me digas la dulce música de tus frases apasionadas. Te prohibiré que me hables de otra cosa que no sea nuestro amor. Tengo hambre de tus palabras. Quiero que me digas tú misma lo que me amas. Pondré mi boca en tus labios para beber dos vinos: el vino generoso de tus frases de amor y el licor embriagante de tu aliento. Tengo sed de ti, María mía. Me consumo día a día de un modo que me desespera. Quiero dejar de pensar en que no te tengo, ¡pero imposible! El ansia de tenerte conmigo me acosa, me domina, me hace sufrir. Tal vez ya pronto se me conceda lo que sueño; tal vez ya pronto alcance y toque y haga mío lo que ahora es una torturadora ilusión. Tengo fe en que pronto nos estrecharemos tú y yo, María mía. A nadie digas, si llegas a saberlo, qué día voy a salir libre, mi vida, para que estemos tranquilos tú y yo. Sí, tú serás mi medicina, y yo por mi parte, con gusto seré la tuya. Hemos sufrido mucho y estamos sufriendo todavía; pero ya está ahí octubre; el mes de mis esperanzas. Yo creo que ese mes será benigno para nuestro amor y que en él comenzaremos una vida dichosa de mutuo amor; de mutua simpatía y adoración. ¡Qué felicidad! No creeré en esa dicha hasta que te sienta junto a mí, hasta que beba tu aliento y sienta tu calor. Tú me amas con delirio, yo te adoro con locura. De esos amores depende nuestra felicidad. ¿Qué estarás haciendo en este momento? Solita, pobrecita, sin su Ricardo que la esté acariciando; pero espero que ya nuestros sufrimientos estén para finalizar. Haz lo que te digo para que estés lista siempre. No dejes descuidada ninguna de mis cartas. Los detectives te robaron unas cartas que fueron a dar a manos de [Alfred G.] Santfleben. Pueden robarte otras, empleando el sistema de que te hablo y que ellos acostumbran. Ya se me está acabando el trapito. Adiós, María de mi corazón. Ámame, pero ámame con toda tu fuerza. No estés tristecita, que ya pronto tendrás a tu Ricardo que te adora. Vas a estar muy contenta con el hombre que sueña contigo ¿verdad? Y yo, muy contento y satisfecho con la mujercita que adoro, con mi María. Recibe muchos besos muy tiernos de tu
        Ricardo

Muy querida Lucía:

Yo creo que realmente estaré con ustedes muy pronto. A mí también se me hace muy largo el tiempo. El frío y la sombra de la cárcel me han herido y estoy muy malo, pero creo que saliendo y estando con mi María y mi dulce hijita Lucía, me aliviaré. Muchas gracias, preciosa niña, por haber ido a ver a [Job] Harriman y porque te interesas por mi salud. No me aliviaré hasta que salga en libertad. De lo contrario, cada vez me enfermaré más; pero yo creo que con el certificado del médico, me darán la libertad bajo fianza. Adiós hijita mía. Tal vez ya muy pronto viviré con ustedes y estaremos muy contentos. Recibe un beso de quien te adora como a su hijita 
                      

  Ricardo Flores Magón