[Los Ángeles, California,] octubre 4 de 1908

María:

Ayer pasé una tarde muy triste porque me dices que es imposible fingir el viaje a San Pedro como te aconsejé en mi carta anterior. Si de veras no puedes hacer eso como te digo, tendremos que resignarnos a sufrir mucho tiempo después de mi salida, porque si cuando yo salga te llamo a donde estés, detrás de ti irá una nube de policías seguros de que siguiéndote me encontrarán. Yo tengo mi plan y no puedo variarlo sin correr peligro. El único medio que hay de que podamos vivir juntos desde mi salida es haciendo tú lo que dije en mi carta anterior. Si no lo haces así, no nos veremos hasta quién sabe cuándo; pues no podré decirte que vayas a donde yo esté porque correré peligro. En beneficio de nuestro amor haz lo que te digo en mi carta anterior o resígnate, y yo también me resignaré a sufrir mucho tiempo aún. Yo no tengo fe en los trabajos de que me hablas porque los amigos ni siquiera se acuerdan de nosotros. Ya pueden entrar comidas y no hay quien mande nada. Amigos de boca ni los necesito para nada. No me impresiona que hablen de mí favorablemente; lo que me gustaría es que hicieron algo más efectivo que hablar de mi persona entre familia, donde nadie los escucha. Nadie de todos esos amigos manda artículos a la prensa, promesas, protestas, meetings o algo en nuestro favor. No se hace nada efectivo, nada práctico y estamos tan mal como hace un año. Violeta [Elizabeth Trowbridge] y unos cuantos amigos más son los únicos que hacen algo. No dudo que tengamos muchas simpatías. ¿Pero de qué nos sirve eso? Soy injusto: Violeta y otros pocos, contadísimos amigos que no llegarán ni a cinco, hacen todo lo que pueden; pero los demás no hacen nada ni harán por más que digan que sienten simpatías por nosotros. Hay muchos periódicos que están dispuestos a publicar datos que se les cuenten, y no hay quien agite esa prensa. Contra la incomunicación nuestra, que es una vergüenza, no hay una boca honrada que lance un grito. Nos dejarán llevar a México a pesar de las simpatías y a pesar de todo. Desengáñate, María mía. No esperes imposibles. Nada práctico saldrá de lo que estás haciendo con esas personas. Lo mejor es que hagas lo que te digo en mi anterior, vida mía, pues de lo contrario vamos a sufrir mucho. ¿Lo harás así, ángel mío? Estoy inquieto, nervioso, desesperado, descorazonado porque temo que no hagas lo que te digo y entonces veo para el porvenir más dolor, más sufrimiento. Si haces lo que te digo, dile a [Job] Harriman que me diga que ya lo hiciste y que me dé tu dirección. Te suplico que te fijes bien en que esté correcta la dirección que me das, por que eres muy distraída y no das bien las direcciones. Me consta eso y por lo mismo te lo advierto, pues de todos esos detalles depende nuestra felicidad. Yo diré a Harriman que te diga que día voy a salir. Nada más a Harriman y a Violeta da tu dirección. A nadie más. La señora que dices que se embriagó, no sabe ningún secreto ni nunca me vé. Seguro debe ser policía. Yo no quisiera que se fuera Violeta hasta después de mi salida. Ojalá que no se vaya. Violeta ha ayudado con todas sus fuerzas. Ella sola ha hecho más que los demás. Es un ángel como dices justamente. Vuelvo a rogarte que cuides o rompas estas cartas, porque si caen en manos enemigas se frustrará mi libertad. ¿Por qué no me hablas de tu amor? Necesito eso. Es la fuerza que me da vida. No quiero saber otra cosa sino que me amas. Ninguna otra cosa que me digas me deleita como eso. Dices, vida mía, que si el pueblo sabe que estoy enfermo a consecuencia de la prisión, no soportará más. Ya lo saben varios, y sin embargo nada hacen. Esperan tal vez a que esté moribundo para protestar, pero entonces ya no habrá remedio para mí. Estoy muy fatigado y no puedo seguir escribiendo. Adiós. Besa a mi hijita. Te ama con toda su alma tu
                              

    Ricardo