[Los Ángeles, California,] octubre 11 de 1908

Adorada María:

Estoy contento porque ya se fue de esa casa la gente peligrosa. No hay necesidad de que te cambies a otra parte y lo mejor es que te estés allí, es bueno que al pedir mi ropa en la puerta de la cárcel digan que quieren la ropa de Magón y no otra. La vez pasada el empleado llegó pidiendo la ropa de [Librado] Rivera y por poco no doy la mía. Tuve que preguntar quién la pedía y hasta que me dió las señas de mi hijita, le entregué mi ropa. Estén ustedes listas para que no recoja otro mi ropa. Recojan mi ropa los lunes. Dos o tres personas se acuerdan de mandarnos algo que comer, pero dos o tres días de la semana y sólo para una sola comida. Necesito urgentemente hablar con [Job] Harriman pero yo solo. Dile que me venga a ver cuanto antes y que sólo a mí me llame, pues tengo que comunicarle un secreto. Tal vez salga el niño la semana que comienza mañana. Cuida a mi hijita de ese bribonzuelo; ya me figuro que ha de estar escribiendo cartas lacrimosas, es pura falsedad y deslealtad, ya sabrán ustedes cuando se los diga yo qué clase de hombrecito es ése. Es tan ingrato que hasta de Violeta [Elizabeth Throwbridge], que es una mujer que se sacrifica por salvarnos, que es un ángel, desconfía y la trae en enredos con sus cartitas. Yo he visto esas cartas con que trata de envolver a esa señorita que es como nuestra madre, en una atmósfera de desconfianza para que se sospeche de ella. Parece que esas habladurías llegaron ya a oídos de nuestra Violeta, la que se va a vengar como una santa ¡beneficiándolo!, pues va a dar la fianza para él. ¡Es una santa Violeta! Pero el que es canalla no comprende que haya ángeles. Busca la otra pretilla.              
            Con qué dulzura, María adorada, me hablas de tu amor, quiero que me lo digas cuando esté en tus brazos con tu boquita. Ahora me conformo con que me lo digas por escrito. Cuando aspires el ambiente que entra a tu cuarto, con él aspirarás mis suspiros, los suspiros tiernísimos que me arranca el amor que te tengo, adorada criatura mía. Ya te diré con mis labios y en tu oído los sentimientos que me provocas y sentiré un deleite vivísimo si logro hacerte languidecer de dicha con mis palabras y estremecer tu cuerpo bajo mis caricias. Yo, como tú, no tengo en qué pensar si no en nuestro amor. Sin cesar pienso en ti, en ti mi María, mi diosa dueña de mi cerebro, de mi corazón y de mi cuerpo. Tanto pensar en ti me hace daño; pero tengo que pensar en ti, porque tú absorbes todo lo que existe, porque sin ti no hay nada para mí, ni quiero otra cosa si no es tu amor. Muy linda has de estar, tengo hambre de verte. Ya estoy cansado de sufrir la privación del amor. Yo también creo que tú serás mi mejor medicina, porque sin ti me muero. Estoy malo y si duro más en la cárcel me irá mal. La falta de sol, de buen aire y de buenos alimentos, con la falta del objeto de mi amor, me están matando. Besa a mi preciosa hijita, ojalá que ya no tengamos que escribirnos mucho. Recibe todo el amor y los besos más dulces de tu enamorado

                                  Ricardo