[Los Ángeles, California,] noviembre 15 de 1908

María:

Si no pensara yo en la salida, esa sería la mayor prueba de que no te amaba. Tú llenas mi porvenir, en ti sueño; tu persona es parte de la mía, lo que la vida tiene de agradable y de risueño y de amable está resumido en ti. En ti encuentro, dulce mujer, algo así como la condensación, el resumen de mis aspiraciones. Mis ansias, mis sueños, mis anhelos encuentran en ti su objeto. Tú eres mis ansias, tú mis sueños, tú mis anhelos convertidos en un ser que siente, que piensa y que ama. Eres mi pensamiento hecho carne dulce y tibia. María: te amo. ¿Cómo podría yo dejar de pensar en mi libertad existiendo tú? ¿No eres tú, María, todo para mí? María, pedirme que no piense en mi libertad es tanto como pedirme que no piense en ti. Ya ves, amor mío, que no puedo dejar de pensar en mi libertad. Puesto que tú eres todo para mí, eres mi libertad, esto es, lo más caro que tiene un hombre de espíritu libre como yo. Privado de ti, sufro, sufro cruelmente. Sólo mi pobre corazón sabe cómo lo tortura el dolor. Cualquiera otro ya se hubiera rendido pero por encima del dolor, arriba de la sangre amarga que gota a gota cae de mi torturado corazón, está mi dignidad de luchador, y esa dignidad robusta, nutrida con mi propio infortunio, me detiene y me hace levantar la pálida frente y hace erguirse mi alma soñadora de lo justo, de lo bueno, de lo noble. Por eso me ves de pie, ángel mío; mi tristeza es inmensa como es inmenso el amor que sabe sentir mi alma. Nada me consuela, nada alivia mi dolor. Los días hermosos de sol deslumbrador me producen tanta tristeza como los días turbios y fríos. No me pidas, pues, que deje de sufrir, pues no tengo ningún poder sobrenatural para sustraerme al dolor. Ser firme es cosa bien distinta de ser insensible. ¿Serías capaz de enamorarte de un pedazo de bronce? ¿Podrías cambiar a tu Ricardo tan sensible por un hombre de piedra? Tu Ricardo es sensible pero es firme; por eso es más meritoria su firmeza. Ninguna gracia tendría que el que no siente, que el que no sufre, fuera firme. A los hombres de alma débil los hace cobardes el sufrimiento; pero tu Ricardo no es de ésos, tu Ricardo no se rinde ni se humilla aunque muera de dolor. María: dulce ensueño mío, te adoro. No sabes tú con qué cariño pienso en ti, cómo mi alma te envuelve y te acaricia. Debes estar satisfecha de mi amor. Llegaron con la ropa los periódicos y recibí además fruta y un pastel y pan dulce. Gracias. No me mandes libros porque no me los entregarán. Si crees necesario ir a Tucson[, Arizona], ve; pero repito una vez más que, mientras no se organice la agitación en nuestro favor del modo que te he indicado, nada se conseguirá y estaremos, yo al menos, diez o veinte años en la cárcel. Lo estás viendo que es así. Francamente te lo digo: no tengo esperanzas de salir. Sólo la agitación, pero una formidable agitación puede salvar a tu Ricardo. Pero eso es precisamente lo que falta, por eso no tengo ya esperanzas de salir. Agitación y más agitación diaria, a toda hora, a cada instante. Si no se hace eso del modo como te lo he dicho. Precisamente de ese modo, hay que decidirse a pasar en la cárcel toda la vida. Ya verás cómo, desgraciadamente, mi profecía va a realizarse por falta de una agitación debidamente organizada. No acaricies, bien mío, la esperanza de tenerme pronto. Si nos alcanza la vida, nos daremos un beso dentro de varios años, tal vez dentro de diez. Adiós, María de mi alma. A pesar de todo tu Ricardo no se rendirá. Con toda su alma te besa tu   

                                
Ricardo