[Los Ángeles, California,] noviembre 29 de 1908

María :

Yo también he estado triste porque no te he visto. Como el tiempo ha estado muy frío, los vidrios de la ventana permanecen cerrados. Cuando estuvo bueno el tiempo me cansaba inútilmente verte, porque parabas muy poco, y ahora que está malo el tiempo, pasas seguido. Echados los vidrios no puedo ver en la noche las luces, y en el día, aunque puedo verte, no puedo decirte ¡adiós! porque no se oye. Ya ves, vida mía, cómo todo está en contra de nuestros deseos. Lo que me dices de aprovechar la construcción es imposible. No me hables de eso porque es peligroso si caen sobre una carta. No me digas nada de peligro, porque se complicarían más las cosas. ¡Qué tarde me mandaste la ropa! María: yo no tengo fe en que saldré pronto. Sólo tengo fe en las dos cosas que amo: tú y la Revolución. Sí María: fuera de ti y de la Revolución, nada hay para mí ni nada quiero. Sólo en ti y en la Revolución pienso; de las dos estoy enamorado. ¿Tendrás celos de la Revolución porque la amo como a ti, dulce amada de mi corazón? Sé que está Violeta [Elizabeth Trowbridge] en esta ciudad. Salúdala de mi parte. Dile que la amo como si fuera mi madre, y que, si creyera yo en santos enviados por algún dios para hacer el bien a nuestra especie, ella, en mi concepto, sería una santa venida de algún cielo habitado por un dios bastante amable al que hubieran impresionado las desventuras del pueblo mexicano. Ella es modesta y buena como una santa. ¿Verdad mi María?, estamos resueltos a ir a Arizona e iremos. Te mando entre mi ropa unos cuellos para que me los mandes planchar y me los guardas, no me los mandes. Me servirán en la cárcel de Arizona, pues en aquellas cárceles anda uno con su ropa. Ojalá que te pudieras ir en el mismo tren en que nos lleven, que ya ves que lo hacen de repente. Poco si menos se sabrá cuando nos llevarán, ya se me acabó la luz. Adiós, amor mío. ¿Cuándo estaremos unidos? ¡Quién sabe! Esa es la única respuesta que puede uno dar. ¡Qué desesperación! ¿Dónde está mi hijita que ni siquiera me saluda? Si no nos incomunican en Arizona pide visita nada más para mí, así podremos hablar tú y yo. Adiós María mía. Siento una cólera horrible porque no puedo reunirme contigo. Te besa tu                                

  
Ricardo

            Acabo de verlas pasar, pero no pude hablarles porque está echado el vidrio. Pedí que abrieran la ventana. Si dura abierta para la noche, y pasan otra vez, me verán. Un hombre trigueño, vestido de negro les iba siguiendo. ¿Se fijaron? Cuánto sueño contigo… Qué linda ibas María. Cuánto quiero besarte.