Leavenworth, Kansas, October 6th, 1920

Miss Ellen White 1
New York, N. Y.

My dear comrade:
Though expected, for I was sure you would write me, your dear letter of the 27th of last September was a surprise —and a sweet one— for me: it is so beautiful! And it is written with so rare sincerity!
            Your admirable letter has had the power of setting my whole being quivering as I felt your soul vibrating in its pages. Thanks, many thanks, my dear comrade. How your letter has strengthened me! I feel so depressed that I need these kind of moral props; for you must know, kindly Ellen, that I cannot get accustomed to this life I am forced to live; my mind and my body protest against this sort of existence. Oh, if I only could not think! But I cannot stop thinking! I cannot! And, consequently, every detail of prison life hurts my feelings: the walls, erected to prevent my communion with my brothers in ideals, whit my fellow-beings, with Nature; the bars… which make me think of the fear and hatred of those who dread to see me free; the rules, which command me to obey, to obey, to obey…, the clubs, whose very sight hurt my dignity as though I were physically struck with them; all, in fine, in my dismal surroundings, makes me realize that I am not a man, but a thing, and this, when I feel myself to be a man yet!
            Can you wonder now only why your letter made me so much good? Although a stern self-analysis, to which I subject myself once and again, makes me disagree with the poetic portrait you make of me, I nevertheless appreciate it as I appreciate everything delicate, noble, lovely, beautiful: the perfume of a flower, a kindly smile, a sympathetic feeling, the twinkling of a star; and your letter is all this. You poured in its pages all the perfume, and the light, and the warmth of your exquisite soul. To me, its lines and words are not such, but something yours, something detached from your own being, something that lived first in you, and which you most generously sent out to me to brighten, and comfort, and lighten my wretched condition. And you succeeded in it, my generous friend.
            Don’t be afraid of writing me long. I beg you to do it. A good thing never tires me. I love beauty, and beauty is what I find in your letter, but….. please bow no more your gracious face made to be kissed by Father Sun. There in nothing for you to be ashamed of. It is true, I would have liked your letters to come earlier, but early or late they are welcome like a ray of sunshine. I have nothing to complain of. During the long winter months one does not blame the sun for its failing to warm our bodies and rise our spirits, and we are only too glad to see it coming to us again. Could have I blamed you for not having written me?
            Write me, write me, my good comrade Ellen.
            I have a letter from comrade Winnie Branstetter, chairman of the Prison Comfort Club, a branch of the National Socialist Party, with headquarters at 220 S. Ashland Blvd., Chicago, Ill. This comrade came to see me last week, and will visit N. York. I gave her our beloved Erma’s address, not knowing yours at the time, but I told her that our Erma would introduce her to the other comrades. She will call at 71 E. 100 St. Now this comrade writes me, and says in part: “When I go East I wish to visit Washington regarding your case. Will you instruct Mr. Weinberger to send details regarding your case to me at the Chicago Headquarters 220 So. Ashland, Chicago? I shall be in Washington before reaching N. York, hence the necessity of mailing information”.  Now, I can’t instruct  Mr. Weinberger to send her information, but I beg him to do it. Please, my kindly Ellen, to see Mr. Weinberger regarding comrade Branstetter’s request, as I can’t write him for having already written the letters I am allowed to send out every week.
            I have to close this letter. I cannot, like you, work; but I dream and wait…….. Eagle without wings, alas, and without fangs, there is nothing more for me but to dream, and this I do.
            Give our Erma my best regards and fraternal love.
            As for you, the sweet emotions your inspiring letter stirred in my heart.

Fraternally yours,

Ricardo Flores Magón                   

Leavenworth, Kansas, a 6 de octubre de 1920

Srita. Ellen White,
Nueva York, N.Y.

Mi querida camarada:
Aunque esperada, pues tenía la seguridad de que usted me escribiría, su apreciable carta de 27 de septiembre último fue una sorpresa —y una muy agradable— para mí. ¡Es tan hermosa! ¡Y escrita con una sinceridad tan particular!
            Todo mi ser se ha estremecido por obra de su admirable carta porque me hizo sentir su alma vibrando en sus páginas. Gracias, mi querida camarada, muchas gracias. ¡Qué reconfortantes han sido sus letras! Me siento tan deprimido que necesito esta clase de apoyos morales; porque debe saber, mi estimada Ellen, que no puedo adaptarme  a esta vida que estoy forzado a vivir; mi mente y mi cuerpo protestan contra esta forma de existencia. ¡Oh, si al menos pudiera dejar de pensar! Pero, ¡soy incapaz de no pensar! ¡no puedo hacerlo! Y, así, cada uno de los aspectos de la vida carcelaria agrede mi sensibilidad: los muros, levantados para impedir que me comunique con mis hermanos en el ideal, con mis congéneres, con la Naturaleza; las rejas … , que me sugieren el miedo y el odio de aquellos que se horrorizarían al verme libre; las reglas, que me conminan a obedecer, obedecer, obedecer … ; los garrotes, cuya sola vista ofende mi dignidad tanto como si me estuvieran golpeando físicamente con ellos; en fin, que en mi lúgubre entorno, todo me hace tomar consciencia de que he dejado de ser un hombre, para convertirme en una cosa, y esto, ¡a pesar de seguir considerándome yo mismo un hombre!
            ¿Comprende usted ahora por qué su carta me hizo tanto bien? Aunque el estricto auto-análisis al que yo me someto una y otra vez me obliga a discordar con el poético retrato que usted hace de mí, no puedo menos que agradecerlo, como agradezco todo aquello que es delicado, noble, adorable, hermoso: el perfume de una flor, una sonrisa amable, un sentimiento amistoso, el fulgor de una estrella; y su carta es todo eso. En sus páginas usted escanció todo el perfume y la luz y la calidez de su alma exquisita. Sus líneas, para mí, y sus palabras, no son tales, sino algo muy suyo, algo que pertenece a su propio ser, algo que antes vivió en usted y que usted, en un alarde de generosidad, me lo ha enviado para alegrar, para confortar, para iluminar mi condición miserable. Y lo logró, mi generosa amiga.
            No tema escribirme extensamente. Le ruego que lo haga. Lo bueno nunca hostiga. Amo lo bello y belleza es lo que encuentro en su carta, pero … por favor, no vuelva a inclinar su gracioso rostro hecho para ser besado por el Padre Sol. No tiene usted nada de que sentirse avergonzada. Es verdad. Yo hubiera querido que sus cartas llegaran antes; pero, sea antes, sea después, son tan bienvenidas como un rayo de sol. De nada puedo quejarme. Durante los largos meses del invierno, uno no puede reprochar al sol que deje de calentar nuestros cuerpos y de elevar nuestros espíritus; y sí, en cambio, el verlo regresar a nosotros de nuevo, nos colma de alegría. ¿Cómo podría reprocharle el no haberme escrito?
            Recibí una carta de la camarada Winnie Branstetter, Presidenta del Club de Asistencia a los Presos, rama del Partido Socialista Nacional, cuya sede está en el 220 S. Ashland Blvd., Chicago, Ill. Esta camarada vino a verme la semana pasada y va a pasar por Nueva York. Le di el domicilio de nuestra queridísima Erma, pues no sabía entonces el de usted; pero le aseguré que nuestra Erma le presentaría a otros camaradas. Irá al 71, E. 100 St. Entre otras cosas, esta camarada me escribe ahora: “Cuando vaya al Este, quisiera pasar por Washington para tratar su caso. ¿Podría dar instrucciones al Sr. Weinberger para que me envíe los detalles de su caso a la sede de Chicago, 220, So. Ashland, Chicago? Necesito que me envíe esa información por correo porque estaré en Washington antes de viajar a Nueva York.” Ahora bien, yo no puedo “darle instrucciones” al Sr. Weinberger para que le envíe esos datos, sino sólo rogarle que lo haga. Por favor, mi amable Ellen, ¿quiere usted plantearle al Sr. Weinberger la solicitud de la camarada Branstetter? No puedo escribirle yo mismo porque ya escribí las cartas que me permiten enviar cada semana.
            Tengo que terminar esta carta. Yo no puedo, como usted, trabajar; sin embrago, sueño y espero … Aguila sin alas —¡Ay!— y sin garras sólo puedo soñar, y es lo que hago.
            Dele a Erma mis mejores recuerdos y mi afecto fraternal.
            Y, para usted, las dulces emociones que su inspirada carta hizo florecer en mi corazón.
            Fraternalmente.

Ricardo Flores Magón

1 Ellen White, seudónimo de Lilly Sarnoff. Nació en Rusia en 1899, testigo de los pogroms antijudios en aquel país emigro a Estados Unidos en 1905. En Nueva York se integró a los círculos anarquistas escribiendo poemas y artículos para revistas como The Road of Freedom y Man! Fundadora junto con Rose Bernstein y Hilda Kover del Comité de Defensa y Alivio de Presos Políticos.