Penitenciaría Federal de los Estados Unidos. Leavenworth, Kansas 

Julio 21 de 1921
Señorita Irene Benton.
Granada, Minn.

Mi querida camarada:
Ha pasado todo un mes desde que tuve el gusto de recibir tu carta del 15 de junio. Quise escribir más pronto; pero tú sabes, mi querida amiga, que un prisionero no puede hacer lo que desea. Dudo si podrá concebir lo que significa una carta venida de afuera para un alma que se marchita y languidece en las penumbras del calabozo de una prisión. Tus cartas manifiestan ampliamente que estás dotada de un temperamento sensible, capaz de reaccionar al más ligero estímulo que puedas recibir del ambiente, y esta circunstancia me conduce a pensar que tú te imaginas el mundo de emociones y pensamientos que una carta es capaz de evocar en un cautivo, cuyo universo está limitado por tres muros y una verja de hierro. Pero entonces, ¿no es necesaria una experiencia actual para el mejor entendimiento de las cosas? Y esta experiencia de la vida de la prisión es lo que no tienes, mi querida camarada. No sabes lo que se siente estar enjaulado…. Por fortuna ignoras esta angustia del corazón que viene de la realización de que afuera de estos altos y formidables muros que separan a uno del resto de los vivientes, se levanta otro muro formidable y más elevado: el desprecio de los que se arrastran, sin saber que se atraen las cadenas y el odio de aquellos cuya posición privilegiada peligraba con la luz de la verdad. No hay nada que se enfrente al prisionero más que el odio, la aversión, el desprecio; y hasta la Naturaleza, como se ve al través de las rejas de fierro, parece enfurruñarse con displicencia y mal humor, de mala gana y con murria.   
            En estas circunstancias, una carta de afuera es un verdadero aliento, un soplo de vida, que hace a la sangre correr un poco más de prisa en las arterias, como bajo la influencia de un vino generoso.   
            Tu carta está llena de vida. Al leerla puede uno imaginarse los campos empapados por la lluvia, las rosas y el arroyo; y para sentir la impresión más vivida, venían, incluidos, un fragmento de la Naturaleza—la rama de madroño—y un trozo de poesía: “El grito del desierto.” Gracias. Aprecio cordialmente este esfuerzo tuyo para romper la monotonía de esta existencia vegetativa, para lo cual el ayer, el hoy y el mañana han perdido su verdadero significado, para confundirse en la noción de un presente gris, sin principio ni fin, como el infinito ilimitado.   
            El entusiasmo con que hablas por haber recibido una carta de mi querida camarada Sra. M. P., en que trata de las maneras cariñosa de la dulce Lyla y de la pequeña Clytie, me muestra cuán rica es tu alma en exquisitos sentimientos, los cuales explican tu actitud de protesta frente a la injusticia social.  
            Sí; como lo indicas, esas queridas jovencitas serán las ciudadanas del mañana, cuando una humanidad mas sabia y más sana habite esta Tierra. Estos amables retoños son las esperanzas de los que, como yo, están a punto de despedirse de la vida. Espero que me escribirás otra vez; tus carta me hacen bien; estoy tan sediento de amabilidad…   
            Tuyo fraternalmente.

Ricardo Flores Magón