Penitenciaría Federal de los Estados Unidos. Leavenworth, Kansas

7 de septiembre  de 1921
Señorita Irene Benton.
Granada, Minn.

Mi querida camarada:
Tal vez, después de tantas semanas de silencio de mi parte, habrás pensado que te he olvidado, porque tu última carta tenia fecha 26 de julio y hoy estamos a 7 de septiembre; pero no, no te he olvidado, no puedo olvidar a la tierna amiga que sabe consolar mi corazón dolorido.   
            Tu carta no vino sola; además de la poesía que encontré en  tus palabras, había en ella un hermoso poema, una observación muy profunda del hombre libre; la amorosa unión de dos árboles que una indiscreta cámara fijó en lo más oculto de sus fríos ojos, para ostentarla después ante ojos humanos quizás indiferentes; porque me imagino gente que, cuando mucho, dirán ante la vista de la escena lírica: ¡qué chistoso!; o bien que, fastidiadas por la falta de ideas que no pueden despertar en ellas un sentimiento estético pervertido o muerto, voltean rápidamente la página que las contiene para mirar ávidamente el anodino aspecto de un famoso tirador de pelota, o el brutal semblante de un pugilista u otra cosa cualquiera.   
            Gracias por los recortes y especialmente por las fotografías de los árboles, que encuentro tan interesantes; porque mi fantasía me dice que no es capricho de la suerte lo que tengo a la vista, sino un romance… No es necesario que estos amantes cuenten su historia en alguna de las lenguas que se hablan en el mundo; su silenciosa actitud es bastante elocuente. Se tuvo la suerte que estos dos árboles hubiesen crecido uno enfrente del otro, separados por una corriente de agua, y sucedió que lo árboles se enlazaron inclinándose uno al otro, estremeciéndose al soplo de la brisa o cuando las mutuas sombras de sus hojas caían sobre ellos en el otoño, o, si en el invierno, la trágica desnudez de sus ramas, piadosamente dirigidas hacia arriba, como en un esfuerzo para escapar de la blanca mortaja que ya cubría sus pies… Así, los dos árboles crecieron, crecieron, crecieron uno enfrente del otro, cuidándose inocentemente uno al otro, hasta que un día de primavera, cuando sus retoños ricamente ataviados con  brillantes hojas nuevas, se mecían suavemente de un lado para el otro bajo el glorioso sol, y en sus troncos, una savia joven, vigorosa, se lanzó locamente hacia su follaje y entonces sintieron que había entre ellos algo más que el simple hecho de su vecindad; algo que por primera vez les hizo saber que una corriente los esperaba, que frustraba el frenético deseo de ponerse en contacto el uno con el otro, y allí; entonces, comenzó el romance, el romance de los dos árboles separados por la corriente y ahora unidos en un largo abrazo de toda la vida, lo que para el observador superficial es sólo un capricho de la suerte…
            La selva aún recuerda los suspiros del corazón lacerado de los dos amantes esforzándose en juntarse, y cuenta cómo cada año presenció una marcada inclinación de los dos árboles respecto de la Posición vertical, hasta que llegaron al hecho, que para los que no saben leer el maravilloso libro de la Naturaleza, es sólo un capricho de la suerte…   
            Como el espacio se está acortando, debo terminar esta carta, llena de fe en el triunfo final de la justicia. Alégrate, mi querida camarada: el monstruo que se alimenta con la carne, y las lágrimas y la sangre de los de abajo, está en agonía. Es un caso de suicidio, en verdad, los que están en su garras reciben del monstruo los últimos golpes mortales. No importa alguno tiene que perecer; pero después de que concluya la tragedia, surgirá una humanidad más sabia y más libre. ¡Ánimo!
            Con mi cariño fraternal para ti, se despide

Ricardo Flores Magón