Penitenciaría Federal de los Estados Unidos. Leavenworth, Kansas

Marzo 28 de 1922
Nicolás T. Bernal.
México, D. F.
Mi querido Nicolás:

Recibí tu grata del 19 de este mes.   
            Tengo que darte malas noticias respecto de mi caso. Mis amigos residentes en Nueva York hicieron saber al señor Lic. Weinberger el estado critico de mi salud, pues que ya no solamente espero quedar ciego dentro de poco tiempo, sino que estoy ya a punto de contraer la terrible tuberculosis. E1 señor Weinberger fue a Washington y expuso, ante el Departamento de Justicia, la realidad de mi situación. El Departamento de Justicia giró órdenes al médico de esta institución para que rindiera un informe sobre el estado de mi salud. El informe fue enviado el 20 de este mes, y en él dice e1 médico que mi salud es buena; que no tengo ninguna enfermedad; que las condiciones de la prisión son buenas para mí, y que puedo cumplir toda mi condena sin contratiempo alguno… y esto, cuando en su poder obra el informe rendido por los peritos del laboratorio de Topeka, Kansas, al cual él mismo envió mi esputo para ser analizado, y en el cual informe se dice terminantemente que padezco de una enfermedad en estado muy avanzado de los  órganos respiratorios, y que tendré como resultado el desarrollo de la tuberculosis si no se me atiende debidamente y no cambio de clima. Esto, querido Nicolás, te dará una idea del odio que pesa sobre mí, únicamente porque no rindo mis ideales de justicia, de amor y de verdad, ni pongo a los pies de los poderosos mi orgullo y mi honor proletarios. Ellos, mis verdugos, saben bien cuán grande es mi angustia al verme amenazado por tan crueles calamidades, como con la ceguera y la tuberculosis, y esperan que esta angustia, este atroz sufrimiento moral, mil veces más horrendos que mis sufrimientos físicos, acaben por debilitar la energía que ellos odian en mí, acaben por quebrantar esta voluntad férrea, que me ha acompañado durante mi larga vida rebelde, y que, arrepentido y sumiso, acabe por renunciar los ensueños de humana fraternidad que todavía viven, lozanos y bellos, en mi atormentado cerebro. Ellos mis verdugos saben bien que estoy enfermo, pero lo niegan; ellos saben bien que mi doctrina, la doctrina anarquista, es humana, es buena, es noble, es generosa; pero al mismo tiempo saben que las pobres masas de este país se estremecen en horror con sólo oír la palabra “anarquía,” pues la Prensa norteamericana, cuya prostitución no tiene paralelo en el mundo, ha sabido infiltrar mañosamente un miedo cerval a todo lo que con el anarquismo se refiera, y por lo mismo lo que cada vez que personas interesadas en verme libre se acercan al Departamento de Justicia, lo primero que oyen, como respuesta a su demandas de libertad, es la acusación que se me lanza de ser anarquista. Esto se hace calculadamente para desanimar a las personas que se interesan por mí, agregándose, además, que mi salud es excelente. Una señorita aristócrata de Boston, Mass., Alice Stone Blackwell, que no es anarquista, pero que sabe que el ideal anarquista es la concepción más sublime que el cerebro humano ha podido producir, se interesa por mi libertad, y, por conducto del abogado G. E. Rower, la solicitó del Departamento de Justicia. La petición fue negada, entre otras razones por la siguiente que traduzco: “El (Magón) es considerado como un anarquista peligroso, cuya vida ha sido una lucha continua contra la Ley, el Orden y el Gobierno, y no ha mostrado la menor intención de respetar las leyes de su país (México) si fuese puesto en libertad.” Estoy enfermo, y, naturalmente, en un estado de ánimo melancólico; pero estas palabras me hacen reír. Ellos, los financieros de este país que son el Gobierno, están temerosos de que no obedezca yo las leyes mexicanas en caso de ser libertado… Ellos, los violadores de Nicaragua, los estupradores de Haití, los vándalos desmembradores de Colombia. Los verdugos de Puerto Rico, los acuchilladores de España, los zares de Filipinas y de Cuba, los estranguladores de los derechos de los pueblos débiles, se muestran hoy celosos del respeto que de debe a las leyes de México… cuando han removido mar y tierra por demoler la Constitución queretana. Si ellos respetasen las leyes de México, ya habrían reconocido el Gobierno del General Obregón. Su renuncia a reconocerlo no es otra cosa que una rebeldía contra las leyes mexicanas, que prohiben la propiedad particular del subsuelo. Y esos piratas son los que se muestran temerosos de que yo no respete las leyes mexicanas… Ellos los que asesinaron a nuestros hermanos en Veracruz y empujaron sus mercenarios hasta el corazón de Chihuahua, violando todas las leyes y todos los derechos…

Ricardo Flores Magón