Leavenworth, Kansas, April 13, 1922

Mr. Philip B. Grosser
My Dear Comrade:

Though this letter is addressed to you as a response to your interesting missive of the 27th  of last March, it is for Messrs. Charles F. Dole and Mr. John Orth as well, as I am unable of individually answering the fine dear, and encouraging letters of these Gentlemen. Dear Dr. Dole sent me a post card to put my signature on, but the post-card was kept by the prison authorities, as one is not allowed to have postage stamps in his possession, This is why I could not comply with this amiable friends request. I read your letter, my good friend, with deep emotion, and -why not to confess it? with elation, for your letter Philip, has the brotherly tone which I so well love, while you Mr. Orth call me “my boy” which moves me profoundly, and you Dr. Dole, wish to shake hands with me… Is there no reason enough to be moved and elated?
            Your dear letter have done me much good as you may well understand- the human soul, especially that of the captive, is always in need of this warmth from generous hearts, I remember well the long periods of absolute isolation from the outside world, to which I have been subjected on different occasions during my extensive experience of jails and prisons. Not to see a human soul and friendly face, not to grasp a brotherly hand, not to read an amicable world, this depresses, this kills, this drives the strongest minds to madness.
            My dear and distinguished friend Miss Blackwell speaks to me in the last letter of the interest that my case aroused among prominent persons in that city and your letter amply confirm what she says. This feels me with great hope of a possible release. To get out of these walls to breath freely and joyously the free air, how sweet all would be! This may be the result of our activities, my goods friends. This at least, is my hope, that you and Miss Blackwell will finally succeed in compelling the grim hand which holds the key, to relent and open the cage before it be too late; before freedom should only mean the mere change of my cell to a hospital, or before my hesitating foot should reluctantly step into the dismal, colorless, and boundless wilderness where the blind creep like asimless worms. It is true that on the latter case, I would still have my thoughts, that I could take refuge in, in my dreams… It is true but my whole nature revolts against such an obliteration of light! Once when I was young, I was kept for several weeks in a dark dungeon, so dark that I could not see my own hands. It was in the city of México during the harrowing period in which Porfirio Díaz swayed with a bloody hand. The dungeon was unpaved, and a layer of mud from three to four inches thick composed the floor, while the walls oozed a turbid fluid which prevented from drying up the expectorations, countless, careless, former  occupants had negligently flung upon them. From the ceiling enormous cobwebs overhung, in which  huge, black, horrid spiders lurked. In one corner, opening from the sewer there was a hole… This was one of the dungeons into which the despot used to throw his opponents in the hope of breaking their spirits, and it was from one of these infernal chambers, so shrewdly calculated, to crush, to pound, to maim the most powerful will, that Jesús Martínez Carrión, the exquisite artist, whose paintings won him recognitions in Europe and in America, was taken out agonizing, and blind to die a few weeks afterwards in a hospital a prey to consumption. In my horrible dwelling I could stand the slimy touch of the walls, the recollection of which makes me now shudder, my lungs then youthful and healthy could resist the poison of that ambious of grave, my nerves though sensitive, could be trained by my will to respond with nothing more than a slight tremor to the assaults and biting of the rats in the dark… My mat was wet, and so were my clothes, from time to time a thud on the mat, or on the slime, and soon on my body indicated that a spider had fallen down, and through my frame run a shudder. But I could suffer all that excepting the absence of light, I need light, I need light, I need light, and I want to be free to cure my eyes, or at least to reserve the scanty power of vision I still enjoy, for though there is a mist thr[o]u[gh] which I see, yet the little light which succeeds in breaking through my badly damaged organs of vision provides me with joy and gladness of soul. I can still see the color of a flower, I can still see a sunbeam and can still glory in the sight of a smile. If I could only step into Life again before it be too late…
            Now that my allotted pages are filled up, I notice with regret that the subject I have dealt with is far from cheerful. Pardon me, my good friends, for having brought before your recollections of my stormy existence. Pardon me, and believe me that my heart feels grateful to your generous endeavor of securing my freedom.
Sincerely yours,

Ricardo Flores Magón.

Leavenworth, Kansas, a 13 de abril de 1922

Sr. Philip B. Grosser
Mi estimado camarada:

Aunque esta carta esté dirigida a ti, en respuesta a tu interesante misiva del 27 de marzo pasado, también está destinada a los Sres. Charles F. Dole y John Orth, pues no tengo la posibilidad de responder individualmente a las finas, apreciables y estimulantes cartas de esos caballeros. El estimado Dr. Dole me envió una tarjeta postal para recabar mi firma, pero dicha postal fue retenida por las autoridades de la cárcel porque no se nos permite tener estampillas de correo, razón por la cual no pude dar satisfacción al pedido de estos amables amigos. Leí tu carta, mi buen amigo, con profunda emoción y—¿por qué no confesarlo?—con verdadero júbilo, porque tu carta, Philip, tiene el tono fraternal que yo tanto aprecio, mientras que usted, Sr. Orth, me llama “mi muchacho”, lo cual me conmueve profundamente, y usted, Dr. Dole, manifiesta el deseo de estrechar mi mano… ¿No hay bastantes razones para estar conmovido y jubiloso?
            Como ustedes bien pueden comprender, su sentida carta me ha hecho mucho bien: el alma humana, sobre todo la de un cautivo, necesita siempre de esa calidez de los corazones generosos. Nunca olvidaré los largos periodos de absoluto aislamiento del mundo exterior al que fui sometido en varias ocasiones durante mis muchas experiencias de cárceles y prisiones. El no ver a un solo ser humano ni un rostro amigo, el no estrechar una mano fraterna, el no leer una palabra amiga, todo eso deprime, mata, enloquece aun a las mentes más resistentes.
            Mi querida y distinguida amiga, la Srta. Blackwell, me cuenta en su última carta que mi caso ha despertado el interés de personas prominentes de esa ciudad, y su carta confirma en gran medida lo que ella dice. Esto me colma con la gran esperanza de ser posiblemente liberado, de salir de estos muros para respirar alegre y en libertad el aire libre, ¡qué bueno sería! Y sería el resultado de sus esfuerzos, mis buenos amigos. Al menos, eso es lo que espero; que ustedes y la Srta. Blackwell finalmente logren doblegar la mano inflexible que tiene la llave, y obligarla a que abra la jaula antes de que sea demasiado tarde; antes de que la libertad no signifique más que un simple cambio de mi celda al hospital o antes de que mi pie titubeante llegue, a pesar suyo, a dar el paso que lo lleve al páramo sombrío, descolorido, ilimitado, en donde el ciego se arrastra como un gusano sin sentido. Cierto es que, si tal fuese el caso, todavía me quedarían mis pensamientos, mis sueños, en los que podría refugiarme… Es cierto, ¡pero mi naturaleza, toda, se rebela contra semejante eliminación de la luz! Una vez, siendo aún joven, estuve encerrado por semanas en una oscura mazmorra, tan oscura que no podía ver ni mis propias manos. Sucedió en la Ciudad de México durante los aterradores tiempos en que Porfirio Díaz gobernó con las manos cubiertas de sangre. El suelo de la mazmorra era de tierra suelta y el piso era una capa de lodo de tres o cuatro pulgadas de grueso; en tanto que, de los muros, escurría un fluido turbio que impedía que se secaran los incontables escupitajos que anteriores ocupantes descuidados habían arrojado negligentemente encima. Enormes arañas, negras y horribles, acechaban en el techo desde gigantescas telarañas. En una esquina, un agujero abierto al drenaje… Esta era una de las mazmorras en las que el déspota acostumbraba arrojar a sus opositores, esperando quebrantar su espíritu; y de una de esas cámaras infernales, tan diabólicamente concebidas para aplastar, para abatir, para mutilar las voluntades más robustas, fue de donde Jesús Martínez Carrión, el finísimo artista, aquel cuyas pinturas le hicieron merecedor de reconocimientos en Europa y América, fue sacado agonizante y ciego para morir semanas después en un hospital, víctima de la tisis. En ese espantoso cubil, pude resistir el pegajoso magma de los muros, cuyo solo recuerdo me hace ahora estremecer; mis pulmones, aún jóvenes y saludables, fueron capaces de resistir la ponzoña de esa antesala de la tumba, y mis nervios, aunque sensibles, obedecieron a mi fuerza de voluntad para reaccionar apenas con un leve estremecimiento a los embates y mordidas de las ratas en la oscuridad… Mi jergón estaba húmedo, lo mismo que mis harapos; de cuando en cuando, un ruido sordo sobre mi jergón o sobre el cieno y, en seguida, una presencia sobre mi cuerpo, indicaba que alguna araña había caído, y un estremecimiento me recorría de pies a cabeza. Sin embargo, yo podía tolerar todo eso, pero no la ausencia de luz. Necesito luz, necesito luz, necesito luz, y ansío estar libre para sanar mis ojos o, por lo menos, para conservar la escasa capacidad visual que aún me queda; porque, a pesar de la niebla que obstruye mi visión, la escasa luz que consigue filtrarse hasta mis muy maltrechos órganos de visión, colma de alegría y de satisfacción a mi espíritu. Aún puedo ver el color de una flor, puedo aún apreciar un rayo de sol y puedo regocijarme aún con la visión de una sonrisa. Si tan sólo pudiera volver a la Vida antes de que sea demasiado tarde…
            Ahora que he agotado las hojas que me asignan, advierto con pena que el tema que he tratado está lejos de ser alegre. Perdónenme, buenos amigos míos, por haberlos hecho partícipes de las remembranzas de mi tormentosa existencia. Discúlpenme y tengan la seguridad de que mi corazón se siente agradecido de sus generosas acciones para conseguir mi libertad.
            Atentamente.