Penitenciaría Federal de los Estados Unidos. Leavenworth, Kansas.

Mayo 9 de 1922
Señorita Alicia Stone Blackwell
Boston, Mass.

Mi querida camarada:
Por tu tarjeta postal he quedado enterado que fue espléndida la Conferencia Panamericana de Mujeres que se verificó en Baltimore, y que hablaste acerca de mí con las delegadas mexicanas… Tal vez esta conferencia haga que se llegue a un mejor entendimiento entre los diferentes pueblos de nuestro Continente, entendimiento que tanto se necesita. En verdad, este entendimiento se necesita urgentemente en todo el mundo. Ninguna persona sensible puede dejar de pensar que la cooperación entre los diferentes pueblos y razas del mundo debe substituir a la competencia, que hasta ahora solo ha producido enemistades, ruinas y dolores. Soy internacionalista; amo a todas las naciones y las razas, y sueño con un futuro de paz y buena voluntad entre los hombres. ¡Qué orgullosa de sus hijos estará entonces nuestra Tierra! Amo tanto a nuestra madre común, que me siento ofendido cuando alguno de mis hermanos le hace mal. Comprendo y me imagino su humillación al tener que llevar, bajo la mirada de sus hermanas, a los  más privilegiados de sus hijos efectuando un duelo a muerte. Las mujeres podrían hacer mucho en la tarea de obtener un mejor entendimiento entre los pueblos del mundo. La Mujer es adorable; su influencia sobre el Hombre está fuera de toda duda, y también están fuera de toda duda sus características: gentileza, dulzura, compasión, estas tres fuerzas formidables que pueden poner a la humanidad en el verdadero camino del progreso, de un progreso verdaderamente humano. Estas adorables características pueden, sin embargo, hacer muy poco en la actualidad. Cierto, se ve aquí y allí la suave y amorosa mano de la mujer, siempre lista a aliviar las penas amargas de la humanidad; pero las penas son tan grandes y extensas, y sus raíces venenosas han extendido durante tanto tiempo sus fibras a través de la torturada carne de la especie, que mientras los amorosos dedos están aliviando activamente una herida vieja nuevas brotan en dondequiera, haciendo la tarea, aunque altamente recomendable, sin embargo, insuficiente para acabar con los dolores con los cuales una humanidad atormentada ha gemido por edades… Puedo ver clara y distintamente en dónde están las raíces del mal; las veo envenenando la vitalidad de nuestros hermanos, y puedo atribuir todos sus dolores y caídas. todos sus defectos y errores a estas raíces negras, que ellos, en su inocencia, han permitido que existan creyéndolas inofensivas, ¡ay! y aun útiles y necesarias… ¿Estoy equivocado? Tal vez, pero esta es mi creencia honrada; mientras existe la injusticia social las grandes fuerzas femeninas, a saber: gentileza, dulzura y compasión, serán impotentes para aliviar las heridas de la humanidad. Soy optimista, y creo que un día le mujer determinadamente tratará de extirpar las raíces maléficas de donde brotan todos los males sociales, y entonces, en el nuevo ambiente, así purificado por sus acciones generosas, sus adorables características serán la maravillosa fuerza dinámica que obligará al Hombre a estrechar la mano del Hombre… ¿Es esto un sueño? Tal vez, pero estos sueños no son ociosas concepciones del cerebro, esté uno despierto o dormido: son los símbolos de los deseos y los anhelos que viven una vida robusta en las recámaras claras del conocimiento, o acechan o dormitan en la penumbra de lo inconsciente, y los sueños de la fraternidad universal basada en la justicia social son ahora más frecuentes que nunca, lo que indica que los deseos que simbolizan son generalmente más apreciados. Perdóname por haberte hecho perder tu valioso tiempo.

Ricardo Flores Magón