Club Liberal Ponciano Arriaga, Centro Director de la Confederación de Clubes Liberales de la República. Manifiesto (27 de febrero de 1903)[1]

 

I

Mexicanos:

Con la frente muy alta, porque nos llamamos liberales en esta época de inmensa corrupción, y con el alma desgarrada por el triste espectáculo que hoy presenta nuestro país, apenas la fuerza bruta cedió significativo palmo ante la fuerza del derecho, venimos de nuevo a llamar a vuestros corazones, venimos de nuevo a despertar en vuestras arterias la noble sangre de los Cuauhtémoc y de los Juárez, venimos de nuevo a despertar en vuestros cerebros los altivos pensamientos y las fecundas tempestades que agitaron a los cráneos de los Ramírez, de los Arriaga, de los Lerdo de Tejada, de los Ocampo, de los Prieto, de los Gómez Farías, de los Altamirano y de tantos otros, de temple, que supieron ser dignos hijos de la tierra donde el árbol de la Noche Triste vio llorar a Europa, de la tierra que en Dolores y en el Cerro de las Campanas,[2] en Chapultepec y en Veracruz, ha dado muestras al mundo de su valor y de su grandeza y se ha cubierto de gloria entre los aplausos de los pueblos libres.

Volvemos a llamar a vuestros corazones y a vuestras arterias y a vuestros cerebros, y, sin hacer resonar en el ensangrentado templo de la República el clarín de la rebelión, venimos a deciros que ha llegado la hora de deslindar los campos y de que los liberales, en corto o gran número, se apresten a luchar por la resurrección de las instituciones que nos legaron nuestros padres, se apresten a luchar por el enfreno del militarismo y del clero, por la dignificación del proletariado, por la riqueza y engrandecimiento generales del país, por todo aquello, en fin, que constituye al honroso tesoro de los pueblos que se consideran dignos

Mexicanos:

Nuestro Gobierno, caminando por la senda de un lamentable extravío político, lleva a la Nación por ese mismo camino, que es un camino de muerte, y toca a los hijos salvar de la muerte a la Madre, a esa Madre que es una de las más dignas matronas de la gran familia americana.

Mexicanos:

No os llamamos a la Revolución; os llamamos a salvar a la Patria y a discutir y poner en práctica inmediatamente los medios de esa preciosa salvación, para eso os pedimos la organización de más Clubes Liberales,[3] y nos permitimos, con pluma oscura pero enérgica y veraz, daros una breve reseña del estado en que se encuentra nuestro país.

II

Nuestro sabio prohombre D. León Guzmán[4] dijo, en aquellos gloriosos días del 57, que la felicidad de los pueblos se cifra en el orden, en la libertad y en el imperio de la ley.

Y estas tres cosas, mexicanos, el orden, el imperio de la ley y la libertad garantizan, desde que la regeneradora Revolución de Ayutla estableció la existencia de ellas en nuestro país; garantizan, decimos, la igualdad, el predominio de las virtudes, la libertad judicial, el sagrado domicilio, la libertad de trabajo y de industria, el respeto a la propiedad, la libre manifestación del pensamiento sin más límites que el respeto a la moral, a la vida privada y a la paz pública; la inviolabilidad de la vida humana y el triunfo del trabajo y de la honradez sobre el capital y sobre el fraude.

Así lo reconocieron nuestros constituyentes, y de ahí la promulgación de ese gran Código que ha muerto en nuestro país[5] y que ofrecía todas esas garantías. Y como digna adición a la Constitución de 57, uno de los colosos de las legislaciones americanas, del pueblo a quien hoy nos dirigimos, concibió las Leyes de Reforma, que como ha dicho un escritor liberal, fue lo que, como digna contestación a las metrallas que asolaban al Puerto de Veracruz, saltó por encima de aquellos muros cubiertos de gloria.

El fraile, el tirano, el militar, todos quedaban sujetos a la barra de la justicia.

He aquí cómo el imperio de la ley, el orden y la libertad, iba a ser establecido por una generación de mexicanos dignos, el riego sagrado que robustecería las raíces del árbol de la libertad, cuyas opulentas frondas cobijarían y refrescarían la frente enardecida de un gran pueblo, que tinto en la sangre candente de la Revolución se retiraba a la sombra bendita de ese árbol grandioso… sombra que se llama: progreso.

Hay la errada opinión de que nuestros constituyentes fueron utopistas, que no se ajustaron a las circunstancias de la época, y dieron al pueblo demasiadas libertades que todavía no sabe utilizar, y demasiados deberes con que todavía no sabe cumplir. Esto es una argumentación de antesala, que lanzan los serviles a las masas para justificar el desgarramiento actual de nuestra Constitución y el régimen dictatorial que nos veja desde hace años.

No, nuestros constituyentes no fueron utopistas, nuestros constituyentes se ajustaron a las circunstancias del medio. Así lo prueban estas frases de ellos en su Manifiesto a la Nación:[6] “Vuestros representantes han tenido que hacer un esfuerzo supremo sobre sí mismos, que obedecer sumisos los mandatos del pueblo, que resignarse a todo género de sacrificios para perseverar en la obra de construir al país”.

He aquí cómo ellos dicen haberse ajustado a las circunstancias del medio y he aquí cómo ellos declaran que hubieran podido hacer una Constitución más perfecta, pero que tuvieron que hacer sacrificios y que resignarse a los mandatos del pueblo, que en aquel entonces se encontraba en estado de efervescencia revolucionaria.

Hoy nuestra Constitución ha muerto, no porque fuera utópica, no porque no fuera adaptada a nuestra generación, sino porque el pueblo ha degenerado a medida que el clero y la tiranía han ido triunfando. Sin la dictadura que desde hace años nos oprime, el pueblo hubiera entrado en el ejercicio de sus deberes y de sus derechos y la Constitución se hubiera ido reformando a su favor.

Muerto nuestro Código Fundamental, murió con él en nuestro país el imperio de la ley, el orden y la libertad, y nuestro pueblo es desgraciado.

Vamos a ver cómo con la causa desapareció el efecto, vamos a ver cómo con la desaparición de esas tres cosas capitales a que nos referimos, la Nación presenta un espectáculo aterrador.

III

¿Hay igualdad en nuestro país? No. El capitalista, el fraile y el alto funcionario, ya sea civil o militar, no son tratados en México igual que el obrero humilde o cualquier otro miembro del pueblo, oscuro en la sociedad, pero brillante en las epopeyas de la Nación. Los empleados arrastran una vida de humillación y miseria. Los privilegios y los fueros en vigor nos han plagado de una clase de inútiles y viciosos, que podemos llamar los zánganos del conjunto social.

El predominio de las virtudes ha desaparecido; predomina el oro, predomina el poderoso, predomina el fraile, predomina el extranjero y nada más.

Los talentos de las llamadas clase media y humilde vegetan ignorados o despreciados.

En los comicios no triunfa el candidato de virtudes cívicas, triunfa el capitalista, o el impuesto por la autocracia y que pueda ser útil a ésta. El sufragio es un cadáver.

¿Hay libertad individual en nuestro país? No.

Díganselo a esos infelices que desfallecen en las haciendas bajo el látigo del mayoral y explotados en las tiendas de raya; esos infelices que son transportados al Valle Nacional, a Yucatán[7] y a otros puntos y que a veces no representan más valor que el de diez o veinte pesos. Díganlo también esas víctimas de tanto atropello y de tanta venganza que constituyen la nota del día en nuestro país desde hace años y que, después de ver allanadas sus moradas y perseguidas sus familias, sufren en célebres prisiones la consecuencia de inspirar temor a los poderosos. El magnate ha llegado a considerar la cárcel como una propiedad suya, que puede servirle para quitar de en medio a sus contrarios cuando para ello no puede emplear el asesinato de encrucijada o el fusilamiento justificado con motivos de paz pública o de delito del orden criminal. A veces también con los condenados al servicio militar por delitos infamantes se mezcla al liberal digno, que es vejado allí por algún superior inculto y brutal, y así por el estilo, la libertad individual es un juguete.

¿Prospera el comercio en nuestro país? Sí, prospera el de dos o tres acaudalados, el de dos o tres casas millonarias y generalmente extranjeras.

Prospera el encomendero, prospera el agiotista…

Los trust, esos titanes del monopolio, sin freno que los contenga, hacen subir los precios de los artículos de primera necesidad y hacen bajar los salarios de los que confeccionan esos artículos

Con esta administración corrompida, el concesionario en alta escala, ya sea banquero, ferrocarrilero, contratista de obras, representante de compañías de navegación, etcétera, es un agraciado, es un favorecido, es un privilegiado, que, entre champagne y champagne, tomado en reunión de un funcionario venal, improvisa fortunas escandalosas a costa de lágrimas y del sudor del pueblo, que cubierto de harapos y viendo a veces sin comer a sus hijos, siente justificada rabia en su corazón cuando al encontrarse en la calle con el lujoso carruaje del poderoso, recibe una mirada de desprecio de aquel a quien diera lujo y bienestar con el sacrificio de sus pulmones.

Con esas concesiones, se perjudica el obrero, que ve mal retribuido su trabajo, el tenedor de billetes de banco cuando en la quiebra de un establecimiento de éstos aparezcan más billetes en circulación que los permitidos; el comerciante en pequeño con el alto flete que le causan sus mercancías, y así por el estilo.

¿Prospera la agricultura? No.

La agricultura en México se halla en manos de unos cuantos dueños de inmensas extensiones de terreno. El viajero que recorra las vastas regiones de nuestro país hallará campos inmensos sin cultivar, y esos campos, heredados por mexicanos indolentes o adquiridos por españoles refractarios al progreso, o por testaferros del clero que necesitan que el yanqui venga a nuestro país con iniciativa y con trabajo, están cercados e inaccesibles a la mano del agricultor, hasta que una compañía americana viene a aumentar la peligrosa cantidad de propiedades que tienen los Estados Unidos en México, debido a la imprudencia del Gobierno.

Al lado de las vías férreas, se ve en nuestro país multitud de chozas miserables en las cuales se despereza el indígena arrastrando una vida inhumana.

Los indios, esos brazos que producirían notable riqueza al país si la agricultura tomara el incremento debido, mueren miserables extrayendo el jugo de unos magueyes cercanos a su choza, o van a consumir sus energías en algún campo explotado por el yanqui o en la modorra embrutecedora de los cuarteles.

La mala distribución de los terrenos y la libertad en que se encuentran los dueños de terrenos incultos, por las complacencias del Gobierno, unidos a multitud de causas de que se podría escribir mucho, tienen a la agricultura mexicana en un estado lamentable.

¿La rectitud judicial?

Ya lo hemos dicho: en la mayoría de los casos triunfa el acaudalado, triunfa el poderoso, triunfa el extranjero y triunfa el clero.

¿Y cuánto no podríamos decir del sagrado domicilio y de la libertad del trabajo y de industria?

¿Y el respeto a la propiedad?

Basta como viva descripción del respeto que se tiene hoy en México a la propiedad, las escenas de terror y de matanza que devastan a Sonora y Yucatán bajo el torpe pretexto de una guerra civil.[8]

¿La libre manifestación de pensamiento?

Hay libre manifestación de pensamiento para el cortesano, para el fraile, para el hijo espurio de nuestra Patria; pero no para el liberal, no para el ciudadano honrado y patriota y viril, no para la voz de la razón y del derecho.

Puede el orador ultramontano ofender la memoria de nuestros héroes; puede el cobarde y el traidor de todas las edades llamar sediciones a los despertares del civismo: eso es un mérito, compatriotas, para obtener tal o cual librea, o tal o cual cantidad de oro; lo contrario es un mérito para que el puñal del asesino busque el corazón del tribuno liberal, para que la chicana del juez amordace el labio zoilano del periodista independiente.

Y la prueba, compatriotas, la tenéis en nuestro Club atropellado vandálicamente[9] por predicar al pueblo regeneración…

¿La instrucción en nuestro país?

Millones de analfabetas constituyen la contestación más elocuente. Desde la instrucción primaria hasta la profesional, se resienten el abandono y la ineptitud del Gobierno, y está la iniciativa de suprimir escuelas profesionales porque las arcas de la Nación están casi vacías

para ese objeto.

Falta dinero para la instrucción… sí… pero no falta para el militarismo, pero no falta para el clero, pero no falta para los poderosos… no falta para todos los parásitos del país.

En cambio, los jesuitas y todo el clero, ricos con la explotación inicua que hacen sufrir al pueblo, fundan en todo el país escuelas católicas, y en la balanza de esta política de conciliación[10] pesa más la escuela católica que la escuela laica.

Los jesuitas, sobre todo, se han apoderado de la instrucción de nuestro país, y en las escuelas del Sagrado Corazón de Jesús y otras semejantes se prepara la generación que, a continuar este estado de cosas, iría a repletar los conventos de que con razón alardeó Montes de Oca[11] en París y acabaría por destruir la barrera que puso Benito Juárez entre la Iglesia y el Estado.

¿La inviolabilidad de la vida humana?

Detened la vista, compatriotas, sobre las lápidas de los panteones de la República, allí veréis fechas que hablan muy alto diciendo que las vidas inviolables en nuestro país sólo se conciben manchadas de fango.

¡Basta Mexicanos!… ¡La pluma se resiste a mostrar tanta llaga y descorrer tanto velo!

IV

El Club Liberal Ponciano Arriaga, Centro Director de la Confederación de Clubes Liberales de la República, de pie sobre todas las miserias y sobre todos los personalismos, os convoca hoy ante el deber a luchar por la regeneración de la Patria.

¡Compatriotas, “el mundo marcha”; ha dicho Pelletan:[12] marchemos todos!

¡Que los cobardes, que los histriones, que los enfermos de inverecundo indiferentismo, se queden atrás: a la vanguardia los que aún sentimos correr en nuestras venas la sangre heroica de Cuauhtémoc y del Benemérito de las Américas!

Suceda a la paz de la abyección la paz del derecho.

En otro siglo, los franceses vaciaron sus arterias para dar lección a los tiranos; vaciemos nosotros en el siglo XX todas las energías de nuestros cerebros en aras de la humanidad.

Sobre las vejaciones de la tiranía, sobre la intriga del clero, sobre la absorción del Capital y del militarismo, surja el edificio grandioso de la fraternidad, de la democracia y del engrandecimiento nacionales.

Reforma, Unión y Libertad.

 

México, 27 de febrero de 1903

Presidente, Ing. Camilo Arriaga. Vicepresidente, Lic. Antonio Díaz Soto y Gama. Tesorero, Benjamín Millán. 1er. Secretario, Juan Sarabia. 2o. Secretario, Ricardo Flores Magón. 3er. Secretario, Santiago de la Hoz. 4o. Secretario, Enrique Flores Magón. 1er. Vocal, Juana B. Gutiérrez de Mendoza. 2o. Vocal, Evaristo Guillén. 3er. Vocal, Federico Pérez Fernández. 4o. Vocal, Rosalío Bustamante. 5o. Vocal, Elisa Acuña y Rosete. 6o. Vocal, Alfonso Cravioto. 7o. Vocal, María del Refugio Vélez. 8o. Vocal, Tomás Sarabia. 9o. Vocal, Alfonso Arciniega. 10o. Vocal, Humberto Macías Valadez

 

 

 

 

 

[1] El Hijo del Ahuizote, México, D.F., núm. 840, 1 de marzo de 1903.

[2] Refiérese al fusilamiento del archiduque Maximiliano y de los generales conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía, en el Cerro de las Campanas, Qro., el 19 de junio de 1867. Este acontecimiento marcó el final del segundo Imperio mexicano y la restauración de la República, por lo que ocupó un lugar destacado en el calenda- rio cívico liberal.

[3] Los clubes liberales son herederos de una tradición política que se remonta a los prolegómenos de la Revolución francesa. El auge inicial de estas agrupaciones en México suele ubicarse tras la revolución de Ayutla (1855) y está asociado a la promulgación de las libertades de reunión y prensa. Aunque su objetivo inicial fue la propagación, por distintos medios pedagógicos (conmemoraciones, discursos, discusiones, veladas literarias, etcétera), de los valores cívicos y políticos liberales incorporados al ideario de la Reforma, dichos clubes, las más de las veces, también persiguieron objetivos político-electorales, al tiempo que incorporaron rasgos provenientes de las redes secretas de origen masón y de sectas religiosas de tradición protestante. Se considera que la primera generación de clubes liberales antiporfiristas surgió a partir de la Convocatoria a la Reorganización del Partido Liberal, lanzada por el ingeniero Camilo Arriaga el 31 de agosto de 1900, la cual incluía una excitativa para su formación. En el Primer Congreso Liberal (San Luis Potosí, S.L.P.; celebrado del 5 al 11 de febrero de 1901) se integró una Confederación de Clubes Liberales, formada por 51 clubes provenientes de 12 estados —algunos de ellos formados desde 1886—, con la misión de “velar por el cumplimiento de las leyes y hacer pacífica propaganda liberal”. Tanto por el origen social de sus agremiados (artesanos, comerciantes, profesionistas, maestros, amas de casa, obreros, etcétera), por las raíces locales y regionales de sus reivindicaciones, así como por sus vínculos con diversas confesiones religiosas, tales clubes formaban un mosaico heterogéneo aunque amalgamado por su convicción liberal y antiporfirista. El impulso organizativo ofrecido por la actividad de la Confederación perduró a lo largo de los dos siguientes años, durante los cuales se formaron nuevos clubes liberales en un número cercano a las dos centenas, distribuidos en la mayoría de los estados de la república, destacando la zona centro (Hidalgo, Puebla), el noreste (Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León) y el centro-norte (San Luis Potosí y Zacatecas). Que las actividades de propaganda y reclutamiento desarrolladas por los clubes fueron el centro de las actividades del movimiento liberal antiporfirista en esos años lo demuestra el hecho de que, a pesar de la represión de que fueron objeto, especialmente a partir de 1902, la Confederación consideraba, hacia fines de febrero de 1903, que la tarea principal del movimiento era la “organización de más clubes liberales”. Sin embargo, la ofensiva orquestada por el general Bernardo Reyes, con la anuencia de Porfirio Díaz, terminó disolviendo a la mayoría e inhibió la formación de nuevos clubes. Pocos optaron por la vía clandestina para continuar con sus actividades. El sector más radical del movimiento liberal, encabezado por RFM, ya en el exilio a fines de 1903, sacó las consecuencias de dicha represión así como de la derrota de la lucha electoral en Coahuila (1905), en la que participaron algunos clubes liberales, desde la óptica de la vía revolucionaria insurreccional ya elegida por ese entonces para el derrocamiento de la dictadura porfirista. “Los clubes liberales, atraen desde luego las miradas de la tiranía y serán disueltos. Hay que tomar experiencia de todo lo que nos ha ocurrido para así buscar nuevas vías y emprender la lucha por ellas”, escribió RFM, a fines de 1905, en el momento en que la JOPLM promovía la formación de “centros de rebelión” en toda la república.

[4] León Guzmán (1821-1884). Abogado y político liberal. Diputado al Congreso del Constituyente de 1856-1857, del que fue secretario, vicepresidente y presidente. Ministro de los gobiernos de Benito Juárez en 1858 y 1861. Antirreeleccionista, se distanció de Juárez y promovió, en 1871, la candidatura de Porfirio Díaz a la Presidencia de la República.

[5] En el frontispicio de las oficinas de El Hijo del Ahuizote, para conmemorar el aniversario de la promulgación de la entonces vigente Constitución de 1857 se colocó una placa luctuosa en la que estaba inscrita la frase “La constitución ha muerto”. En su número del 8 de febrero de 1903 apareció un artículo, firmado por La Redacción, pero de probable autoría de RFM, con el mismo título: “La constitución ha muerto”. En él puede leerse:

doloroso nos es causar al pueblo mexicano la merecida afrenta de lanzar esta frase a la publicidad: ‘La Constitución ha muerto…’ ¿Pero por qué ocultar más la negra realidad? ¿Para qué ahogar en nuestra garganta, como cobardes cortesanos, el grito de nuestra franca opinión? Cuando ha llegado un 5 de febrero más y encuentra entronizada la maldad y prostituido al ciudadano; cuando la justicia ha sido arrojada de su templo por infames mercaderes y sobre la tumba de la Constitución se alza con cinismo una teocracia inaudita. ¿Para qué recibir esta fecha, digna de mejor pueblo, con hipócritas muestras de alegría? La Constitución ha muerto, y al enlutar hoy el frontis de nuestras oficinas con esta fatídica frase, protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, como escenario sangriento al pueblo que han vejado, celebren este día con muestras de regocijo y satisfacción.

[6] Manifiesto a la Nación, expedido por los constituyentes León Guzmán, Isidro Olvera y José Antonio Gamboa, y signado el 5 de febrero de 1857.

[7] Refiérese al tráfico de esclavos que alimentaban en ese entonces las plantaciones cafetaleras de Valle Nacional, Oax., y las henequeneras de Yucatán.

[8] Refiérese a la guerra de exterminio y colonización emprendida por el gobierno federal aliado con las oligarquías sonorenses en contra de las comunidades yaquis. Se inició alrededor de 1880 y tuvo su fin hasta 1938. A partir de 1897, la guerra fue dirigida por el general Luis E. Torres, quien desarrolló el sistema de deportación hasta la creación de un auténtico mercado de esclavos que tuvo como destino final las plantaciones de Valle Nacional y Yucatán.

[9] Refiérese a los acontecimientos del 24 de enero de 1902, cuando una sesión pública del Club Liberal Ponciano Arriaga, previa a la instalación del Segundo Congreso Liberal que se realizaría dos días después, fue violentada por soldados y esbirros a las órdenes del entonces diputado de filiación reyista Heriberto Barrón. Fueron de- tenidos en el lugar 25 miembros y simpatizantes del Club Potosino. La reunión se desarrollaba en el hotel Jardín, propiedad de Camilo Arriaga. Tanto éste como LR lograron escapar y refugiarse en la casa del primero. En ese lugar fueron aprehendidos un día más tarde. La mayoría de los apresados fueron liberados, excepto Arriaga, Rivera y Juan Sarabia, que permanecieron casi un año en prisión.

[10] Refiérese a la política de “conciliación” seguida por Porfirio Díaz en relación con el clero católico y el Vaticano.

[11] Ignacio Montes de Oca y Obregón (1840-1921). Eclesiástico guanajuatense. Egresado de la Universidad Gregoriana de Roma (1863) y de la Academia de Nobles Eclesiásticos (1865). Capellán de las tropas pontificias, camarero secreto del papa Pío IX y capellán de honor de Maximiliano en México. Primer obispo de Tamaulipas (1871), de Linares (1879) y de San Luis Potosí (1885). Salió de México en 1914. Murió en el exilio. Traductor, literato y poeta (Ipandro Acaico). Perteneció a la Academia de la Lengua.

[12] Probable referencia a Camille Pelletan (1846-1915). Periodista y político francés, presidente del Partido Radical. Anticlerical, apoyó la separación del Estado y la Iglesia en Francia en 1905. Aunque opuesto al colectivismo, luchó por la liberación de los Comuneros de 1871