Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.

Instrucciones generales a los correligionarios miembros del Partido. (15 de octubre de 1906)[1]

 

La Junta considera que el Partido Liberal está suficientemente preparado. Cuenta con miembros en toda la extensión del país, sin contar con los que residen en el extranjero; no hay razón para soportar por más tiempo una tiranía que a ojos vistas nos deshonra. Faltaba una bandera, y esa bandera ya la tenemos: es el Programa del Partido Liberal expedido por la Junta el 1 de julio del presente año.

Para que esa bandera triunfara por los medios pacíficos como con el Club, el periódico, la tribuna, el voto popular, se necesitaría ser libre para congregarse en clubes, para emitir sus ideas, para elegir funcionarios que fueran de su gusto. Nada de eso hay; el pueblo es esclavo y cualquier esfuerzo que haga dentro de los límites de la ley para cambiar de condición es en vano y se sacrifica estérilmente. Si quiere congregarse en clubes, no se le permite tal cosa; si quiere emitir libremente sus ideas, se le encarcela, se le asesina y se le ultraja de mil modos, sucediendo otro tanto cuando quiere ejercitar en los comicios electorales el derecho sagrado que le da la ley o cuando esperando un cambio, un mejoramiento en su situación económica, apela a la huelga.

El gobierno, pues, cierra todos los caminos pacíficos que se necesitan andar para conseguir el bienestar económico y la libertad. No le queda al pueblo más que un recurso supremo y terrible: ¡La rebelión!

¡La rebelión, santo derecho de los oprimidos! La rebelión fue ya iniciada por los bravos de Jiménez[2] y Acayucan[3] y toca a todos los hombres de corazón continuarla. Y no sólo corresponde a los hombres de bien continuar el movimiento redentor, sino que urge hacerlo. La Dictadura ha temblado al primer anuncio de la cólera popular y se ha dispuesto a ejercitar esas venganzas cobardes que tan triste fama le han proporcionado. Por toda la República se suceden las aprehensiones de liberales, y no sólo están siendo encarcelados miembros del Partido, sino hasta simples simpatizadores y lectores de Regeneración. Estamos pues en presencia de una cruzada infame del despotismo contra los hombres honrados y nadie está seguro de salir bien librado de ella. Urge pues levantarse en armas. ¡Seamos libres de una vez!

Los miembros del Partido están especialmente obligados a sostener con todas sus fuerzas el movimiento revolucionario, ya que protestaron ser fieles a la causa de la libertad. La Junta, por lo tanto, hace saber a los miembros las siguientes Instrucciones:

I.— Todos los miembros del partido y simpatizadores de la causa de la libertad tienen la obligación de ayudar pecuniaria, moral y materialmente a destruir el despotismo porfirista y hacer triunfar el Programa del Partido Liberal expedido por la Junta el 1 de julio de 1906.

II.— Los liberales que estén dispuestos a empuñar las armas deberán alistarse rápidamente y obrar sin pérdida de tiempo pronunciándose contra la tiranía de Porfirio Díaz sin esperar más aviso o señal de la Junta.

III.— Los liberales que se levanten en armas expedirán una proclama —si tienen oportunidad de hacerlo— en la que conste que la Revolución tiene por fin la imposición del programa del Partido Liberal promulgado por la Junta. En dicha proclama se hará saber que los grupos revolucionarios no reconocen más autoridad que la Junta Organizadora del Partido Liberal y que sólo depondrán las armas al triunfo de la Revolución.

IV.— Los grupos revolucionarios se harán de fondos y de elementos en primer lugar de lo que haya en las oficinas o depósitos del Gobierno y de sus favoritos, y en segundo, de los particulares no siendo extranjeros, dejando en el segundo caso los recibos correspondientes para ser reconocidos al triunfo de la Revolución.

V.— Los ciudadanos que como soldados rasos sirvan en las filas liberales ganarán un peso diario libre de gastos. Las clases oficiales ganarán sueldos decentes y superiores a los que la Dictadura da a sus militares.

VI.— La Junta reconocerá los grados que adopten los jefes revolucionarlos y los que confieran a sus subalternos.

VII.— Los revolucionarlos respetarán a los extranjeros que sean neutrales. Los que de algún modo se pongan a favor de la tiranía no serán dignos de consideración alguna.

VIII— En todas partes donde dominen las fuerzas 1iberales se procederá a procesar a los que fungiendo de autoridades han oprimido al pueblo, aplicándoles la pena que por sus crímenes merezcan; se convocará al pueblo a elecciones para que elija sus mandatarios, y, por lo pronto, mientras triunfa la Revolución y se legisla sobre el trabajo, se decretará la jornada de ocho horas y se obligará a los patronos a no pagar menos de un peso diario de salario, suprimiéndose por lo demás, las tiendas de raya.

IX.— Los grupos revolucionarios enviarán fondos a la Junta para que ésta pueda fomentar la Revolución.

Reforma, Libertad y Justicia.

 

St. Louis, Mo., 15 de octubre de 1906

 

 

 

 

[1] Chantal López y Omar Cortés, op. cit., p. 108.

[2] Se refiere a la población de Jiménez, Coah., en la que tuvo lugar el levanta- miento liberal del 26 al 28 de septiembre de 1906, encabezado por Juan José Arredondo y León Ibarra. Los rebeldes, en su mayoría procedentes de Texas pero originarios de la región, fueron repelidos por el ejército federal. Un grupo de alzados retornó a los Estados Unidos, donde fueron perseguidos y, algunos, aprehendidos.

[3] Refiérese al ataque a Acayucan, Ver., llevado a cabo por Hilario C. Salas al frente de cerca de 300 indígenas de la región de la sierra de Soteapan, el 30 de septiembre de 1906. Los rebeldes fueron dispersados y dos días después intentaron de nueva cuenta la toma de la población con iguales resultados.