Leavenworth, Kansas, 10 de febrero de 1922

Nicolás T. Bernal México, D. F.

Tengo una grata carta del 22 del pasado, que encuentro toda interesante como todas las que me escribes. Ya ves que por algo estoy siempre ansioso de recibir cartas tuyas.

Yo sigo enfermo. Mi única esperanza es el cambio de estación, pues comprendo que el frío me mata. En estos últimos tres meses he perdido más de veinticinco libras de peso y la reducción de mi pobre carne vieja sigue en progreso.

Recibí la circular que los amables camaradas del Consejo Ejecutivo de la Confederación General de Trabajadores han enviado a las agrupaciones confederadas, recomendando mi dramita “Verdugos y Víctimas”. Esta muestra de solidaridad me llena de dulce emoción. Sírvete dar las gracias en mi nombre ha dichos queridos hermanos nuestros.

Puedes asegurar al compañero Felipe Carrillo Puerto que los cientos cincuenta dólares que para Librado y para mí entregó a Negri, nunca llegó a nuestras manos. De todos modos le agradecemos que se haya acordado de nosotros.

En estos momentos me llega “Juventud Mundial”, de enero de este año. Esta pequeña revista ha sido bien querida por mí desde que ví un ejemplar que tú me enviaste de Oakland el año pasado. No la había vuelto a ver hasta hoy que me llega este ejemplar marcado con el número 2. Al ver el título recibí mucho gusto, el mismo placer que se siente al tropezar con un amigo a quien no se ha visto por algún tiempo; pero mi gozo no fue duradero, pues ocupando la mitad interior de la primera plana hay un ataque a los anarquistas. El ataque es duro, pues se hace aparecer a los anarquistas como traidores a la causa del proletariado, y yo, como anarquista, me siento honda y crudamente lastimado.

Nada me importaría que me llamasen traidor aquellos que tienen interés en que la esclavitud del proletariado perdure hasta que se extinga la raza humana; pero que sean mis hermanos, los componentes de la clase humillada y explotada los que lancen tal acusación, es lo que me hace sufrir. Es cierto que el ataque no está lanzado contra mí personalmente; pero está lanzado contra los que creen como yo creo, y naturalmente me siento aludido.

Los anarquistas no podemos ser traidores a las causas del proletariado cuando obramos de acuerdo con nuestras doctrinas de emancipación humana. ¿No queremos y luchamos y sufrimos por la abolición de la desigualdad social? ¿No queremos justicia para todos, pan para todos, libertad para todos? ¿No hemos sido siempre los primeros en protestar contra la tiranía, y los primeros, también, en rebelarnos contra la opresión? Que se registre la historia de todos los movimientos de carácter social en el mundo, y se verá que los anarquistas han sido siempre los promotores de esos movimientos iniciados con el noble fin de hacer valer los intereses del proletariado. En Rusia misma, quiénes, si no los anarquistas, fueron la levadura de formidable fermento revolucionario?

Si los anarquistas fuéramos traidores a la causa del proletariado, no estaríamos en los presidios condenados a morir como bestias feroces en cualquier negro rincón de un calabozo.

No, no hay que ser injustos con los anarquistas, y quisiera yo ver que los estimables jóvenes compañeros de “Juventud Mundial” modificasen sus tácticas en el sentido de no abrir abismos en el mismo campo proletario por medio de esta clase de ata[ques]s [a los] que llevamos en nuestro corazón el ideal sublime de la redención humana por el cual vivimos, por el cual sufrimos y por el cual estamos listos a sacrificarnos.

Sírvete llamar la atención de estos jóvenes compañeros que gracias a la actuación de los anarquistas es posible ahora la publicación en México de periódicos obreros como “Juventud Mundial”. Para que se llegara a obtener esto, fue necesario que los anarquistas prendieran en el corazón del pueblo mexicano el deseo, el ansia de ser libres. Si hubiera sido por los anarquistas, ¿quién pudiera dudar que Porfirio Díaz o algún sucesor de él se encontrasen todavía encaramados sobre los débiles hombros del proletariado mexicano?

Me simpatizan mucho los jóvenes comunistas y por ello deseo ardientemente que cambien de táctica, que procuren la unión del proletariado, y que no siembren la discordia en el campo obrero. Obra de unificación es lo que se necesita. Todos estamos en el mismo campo: en el de los desheredados; y nuestro interés es el mismo: que todos y cada uno de los habitantes del mundo sean dueños de la riqueza social en el mundo entero.

Salúdame a todos los compañeros. Un abrazo para Mijares y todos los que nos mandan saludos, así como para los abnegados compañeros que te ayudan en tus labores.

Recibe saludos de Librado y un fuerte abrazo de tu hermano,

Ricardo Flores Magón